“La esperanza tiene dos hijas: la ira y el valor. La ira para indignarse por la realidad y el valor para enfrentar esa realidad e intentar cambiarla” San Agustín de Hipona.

¿Vienen tiempos difíciles para la Iglesia Católica? Considero que para las víctimas, los tiempos difíciles comenzaron hace muchos años. Ahora vienen tiempos para sacar de la oscuridad tanto secreto, crimen y maldad, tiempos para mostrar en la luz el daño que unos cuantos “hombres de Dios” han hecho.

Leer el reporte del Grand Jury de Pennsylvania, ver a las víctimas a los ojos, y escuchar sus voces, sus historias, sus heridas y entender que estos acontecimientos han marcado sus vidas para siempre, no hace más que indignarme y enfurecerme como pocas cosas en mi vida lo han hecho. Saber que estas atrocidades fueron cometidas por más de 300 hombres consagrados a Dios, revestidos de ornamentos sagrados, y de quienes se espera un testimonio vivo de Cristo, solo hace que el dolor sea aún más profundo. Y comprender que más de 1000 casos (que se conozcan) han salido impunes gracias a la complicidad de quienes por “evitar un escándalo” prefirieron defender a los agresores en vez de a las víctimas, es una realidad que no se puede repetir jamás.

Estoy molesta. Corrijo. Estoy molesta furiosa. Me siento traicionada, avergonzada. No es momento de defender, no es momento de justificar, creo que es momento de:

SER SANTOS

“Es verdad que la Ley entró para que se multiplicaran las transgresiones, pero donde abundó el pecado, más sobreabundó la gracia” Romanos 5, 20

No exijas honestidad, si tú no tienes la valentía de defender la verdad. No exijas transparencia si en tu vida hay cosas que prefieres que permanezcan a oscuras. No exijas santidad, si tú estás lejos de buscarla. Por eso, primero lo primero… En mi vida, ¿qué tengo que hacer para purificarme más, para ser más virtuoso, para amar más a quienes me rodean?

“La Iglesia necesita auténticos testigos… hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por el encuentro con Jesús…” San Juan Pablo II. Porque es en los momentos de oscuridad cuando Dios suscita verdaderos santos, aquellos que en su día a día son testimonios vivos de esperanza, de fidelidad y del amor auténtico.

Si queremos una verdadera renovación de nuestra Iglesia tenemos que comenzar por mirarnos a nosotros mismos.

ACTUAR

“Todo lo que ustedes han dicho en la oscuridad, será escuchado en pleno día; y lo que han hablado al oído, en las habitaciones más ocultas, será proclamado desde lo alto de las casas.” Lc 12, 3

Ser bueno no basta. Es necesario desechar lo malo, y vaya que hay maldad y perversión en nuestra Iglesia. Por eso, es momento de exigir. Como fieles que aman a la Iglesia de Cristo, es momento de exigirle a las jerarquías, a nuestros párrocos, obispos, cardenales y al mismo Papa Francisco la transparencia que tanto anhelamos. Es momento para demandar la renuncia de quienes han sido cómplices del silencio. Que esa indignación y rabia no se conviertan en rencor y amargura, sino que sean productivas, que sean un impulso para actuar, para exigir, para confrontar.

Como miembro de un Movimiento (Movimiento Regnum Christi) que ha sido manchado por el pecado y que ha tenido que recorrer el amargo pero fructífero camino de la renovación, doy fe de que una purificación real es posible. Es dolorosa, incómoda y larga… pero posible. Sin embargo, si va a haber una purificación, es necesario comprender el pasado. Necesitamos una profunda investigación sobre las más recientes acusaciones a la jerarquía de la Iglesia para esclarecer sobre lo que es y lo que no es verdad. Existen propuestas de una investigación, llevada principalmente por laicos y auspiciada por el vaticano, para descubrir cómo pudieron ocurrir estas atrocidades y no permitir que este virus siga contaminando a nuestra Iglesia.

No podemos pretender curar un cáncer sin pasar por el tratamiento doloroso de la quimio y radioterapia. Se deben rendir cuentas públicamente, no sólo de los actos criminales, sino de todo comportamiento inapropiado para un sacerdote de la Iglesia Católica. No se trata de un linchamiento público, sino de responsabilizarse. Si algo podemos aprender de estos hechos es que, a la maldad se le mira a los ojos y que tenemos que ser valientes para denunciar cualquier abuso que podamos haber sufrido en primera o tercera persona y llevarlo a las autoridades.

Para quienes estos acontecimientos le hacen dudar de su fe en Cristo y en su Iglesia, les digo: no es momento de abandonar sino de liderar. De salir al paso y defender esa Iglesia de la que formamos parte, esa Madre que nos ha recibido y llevado a Cristo y que necesita de hombres y mujeres fieles.

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” Juan 6, 68

Es momento de levantarnos, de alzar la voz, de que todos aquellos que amamos a la Iglesia digamos NO MÁS. Esto debe parar. Esta no es la Iglesia de Cristo. No más silencio. No más encubrimientos. No ante nuestros ojos y no mientras podamos hacer algo al respecto.

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