El filósofo, existencialista y ateo, Albert Camus decía que la vida y todo el universo estaban sumidos en el absurdo. Las tendencias que tenemos de buscar unidad y sentido a lo que pasa en el universo y en nuestras vidas se ven siempre defraudadas. La única posición sensata ante esta vida absurda era la del mito de Sísifo: el personaje de la mitología griega que había sido castigado por los dioses con tener que empujar una piedra enorme cuesta arriba por una montaña, sólo para que ésta volviera a caer hasta abajo antes de llegar a la cima, y tener que volverla a subir otra vez, y así sucesivamente por toda la eternidad.

Este mito es una analogía de nuestra existencia: luchamos toda nuestra vida empujando una piedra, para que justo antes de llegar a la cima vuelva a caer, haciendo que todo haya sido completamente inútil y carente de sentido. Sin embargo, para Camus, el hombre puede encontrar felicidad en medio de este sinsentido: “la lucha misma hacia la cima basta para llenar el corazón del hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz”.

Por otro lado, el psicólogo Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración nazi, narró cómo su experiencia le dio una perspectiva completamente diferente de la vida.

La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta: ¿Sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba era esta otra: ¿Tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad no merecería en absoluto la pena de ser vivida. (…) En una última y violenta protesta contra lo inexorable de mi muerte inminente, sentí como si mi espíritu traspasara la melancolía que nos envolvía, me sentí trascender aquel mundo desesperado, insensato, y desde alguna parte escuché un victorioso “sí” como contestación a mi pregunta sobre la existencia de una intencionalidad última. –Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido

El argumento del deseo

El último argumento que escogimos para esta serie de artículos puede no ser tan científicamente convincente como el de la primera causa o el del diseño inteligente, pero sí pienso que es el más persuasivo de una manera existencial. Así lo expone Peter Kreeft:

Todo deseo natural innato que experimentamos corresponde a un objeto real que puede satisfacer ese deseo.

Existe un deseo en nosotros que nada en el tiempo ni en el mundo, ni ninguna creatura puede satisfacer.

Por lo tanto debe existir algo más allá del tiempo, del mundo y de las creaturas que pueda satisfacer este deseo.

A este “algo” algunos lo llamamos Dios.

Este argumento se basa en la premisa de que la naturaleza no crea ningún deseo en vano.

“Las creaturas no nacen con deseos a menos que la satisfacción para estos deseos exista. Un bebé siente hambre; bueno, existe algo como la comida. Un patito quiere nadar; bueno, existe algo como el agua. Los hombres sienten deseo sexual; bueno, existe algo como el sexo. Si encuentro deseos en mí mismo que nada en este mundo puede satisfacer, la única explicación lógica es que he sido hecho para otro mundo.” –C.S. Lewis, Mera cristiandad, libro II, capítulo 10

No se trata de un deseo que se despierta únicamente cuando experimentamos la miseria o una carencia grave. Más bien es un deseo que experimentamos en los momentos de gloria, de abundancia, cuando creemos haber cumplido todos nuestros deseos y aun así sentimos insatisfacción, como que nos sigue faltando algo.

Desde la antigüedad, los pueblos humanos han enterrado o realizado algún tipo de ritual con sus difuntos, con la esperanza de una vida después de la muerte, por más primitivas que parezcan algunas de sus nociones. No sólo la literatura y la antropología demuestran este deseo universal de trascendencia, sino también la psicología. Viktor Frankl, fundador de la corriente psicoterapéutica de la logoterapia, atestigua cómo el encontrarle un sentido a la vida y al sufrimiento es esencial en la sanidad integral de los pacientes. Y este sentido no es uno que cada quien inventa para sí mismo, sino que hay que descubrirlo. La carencia de un sentido, para Frankl, es en muchas ocasiones lo que realmente causa patologías y vacíos existenciales en el hombre.

Sin embargo, si no existe Dios o una realidad trascendente, la vida del hombre carece de un sentido último. La vida humana es absurda, porque la humanidad y el universo están inevitablemente condenados a la muerte y a la nada. Lo que sea que hagas, sea bueno o malo, es indiferente porque el final de todo termina en el mismo absurdo. El deseo natural y profundo de sentido, unidad, verdad, bondad y belleza al final son defraudados. Y, como decía Camus, la única solución ante este panorama es ser como Sísifo, que pretende ser feliz aun sabiendo que lo que hace es absurdo.

Objeciones:

Deseo vivir en Asgard: Tengo un deseo profundo que nada en este mundo puede satisfacer: vivir en Asgard, junto a Odín y Thor, comer en el Valhalla y luchar, preparándome para la batalla final en el Ragnarök. Por lo tanto, Asgard y toda la mitología nórdica debe existir. Así de absurdo suena este argumento si lo aplicas a cualquier otra cosa.

Respuesta: En la primera premisa, “todo deseo natural innato que experimentamos corresponde a un objeto real que puede satisfacer ese deseo”, hay que aclarar a lo que se refiere con deseos naturales e innatos. Tú puedes desear una camioneta, un puesto de trabajo, o incluso cosas que no existen, como tener superpoderes o vivir en Narnia, en Gondor o en Asgard. Las camionetas sí existen y Narnia no, pero ambos son deseos artificiales. Los deseos naturales son deseos que compartimos todos los seres humanos y vienen de nuestra propia naturaleza (hambre, sed, sueño, etc), y los experimentamos porque existen sus objetos: tenemos sed porque existe el agua, hambre porque existe la comida, etc. Los deseos artificiales vienen del exterior, creados por la publicidad o la ficción. La existencia de deseos artificiales no significa que sus objetos deban existir. Sin embargo, si tenemos un deseo natural por algo trascendente y eterno, este algo debe existir, porque la naturaleza no crea ningún deseo en vano. El hecho de que en todas las culturas exista una idea mitológica de vida después de la muerte, más bien refleja la universalidad de este deseo. Este argumento, como dijimos, no es para demostrar la existencia de un Dios específico, como el Dios judeocristiano, sino de un “algo” trascendente.

No existe un deseo de infinito, sino un deseo infinito de lo finito: No experimentamos un deseo de una realidad trascendente de algo que no podemos ver. En realidad experimentamos deseos de cosas finitas, pero infinitamente. Satisfaces el deseo de comer, pero al cabo de unas horas vuelves a tener hambre.

Respuesta: El deseo de infinito no se trata meramente de un deseo temporal que vuelve a surgir cíclicamente. Cuando un perro tiene una necesidad natural, como comer, y la satisface, sus deseos son saciados hasta que vuelva a experimentar hambre. En ningún momento el perro reflexiona, contempla su condición canina y se pone a meditar sobre su existencia. El hombre, aunque esté en un momento de “plenitud” en la satisfacción de un deseo material, sigue experimentando este vacío y esta pregunta de “¿es esto todo lo que hay?”.

Yo no siento ese deseo de infinito.

Respuesta: Dada la naturaleza subjetiva de esta objeción, no hay forma de refutarla más que apelando a la honestidad de la persona. Si esta persona dice que en realidad su deseo de felicidad se va a satisfacer cuando tenga un billón de dólares, un jet privado y una mujer diferente con quien acostarse todos los días, la mejor respuesta a darle sería: “ok, inténtalo y cuando lo tengas avísame si eres feliz”. Incluso si alguien pone su felicidad en cosas más nobles, como tener una familia que te quiera, lograr tus sueños, la expresión artística, etc, hay que preguntarse: ¿qué pasaría si perdieras todo esto?

“No dejes que tu felicidad dependa de algo que puedas perder”. –C.S. Lewis

Si más bien esta persona dice que ya es perfectamente feliz y sus deseos han sido satisfechos sin la necesidad de Dios o de alguna realidad trascendente, yo sospecharía de su honestidad. Incluso el filósofo hedonista utilitarista John Stuart Mill dijo: “es mejor ser un humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser Sócrates insatisfecho que un tonto satisfecho. Y si el tonto o el cerdo no están de acuerdo con esto, es porque sólo conocen su lado de la cuestión”. No hace falta indagar mucho para ver casos de personas famosas que, se podría decir, tienen todo lo que un hombre podría desear, y aun así viven infelices o incluso llegan al suicidio.

Conclusión

Así concluimos nuestra serie de artículos sobre las 5 razones para creer en Dios. Vimos que este Dios no sólo es capaz de dar plenitud a los deseos más profundos del corazón del hombre, sino también a los de su razón. Esta imagen de Dios eterno, inteligente, trascendente  y bueno a la cual hemos llegado empleando únicamente la razón puede no ser una descripción exhaustiva de él, pero se parece bastante a uno que yo conozco.

Para conocer más sobre este tema, te recomendamos leer las siguientes fuentes:

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