En algún momento de nuestras vidas hemos tenido anhelos de todo tipo. Hemos querido tener ese “algo” porque pensábamos que nos iba a hacer felices o que nos iba a resolver nuestros problemas; cuando simplemente nos iba satisfacer nuestro egoísmo. Todos los seres humanos en un punto de su vida se enfrentan a momentos difíciles, como el sufrimiento, por alguna decisión o la muerte de algún ser querido o una enfermedad.

¡Un golpe duro!

Recientemente me sucedió algo que me dio un gran golpe emocional. Había trabajado muy duro durante meses para que una situación se me diera a nivel profesional. Según yo, todo el tiempo que había estado invirtiendo y todas las actitudes que había tenido eran suficientes para poder alcanzarlo, pero no se logró. En esos momentos hablaba con un familiar sobre las distintas razones que podrían ser la respuesta a esta situación que no se estaba dando como yo lo quería. Fue ahí cuando me detuve a pensar en la delgada línea que existe entre el “por qué” y el “para qué”. Saberlo diferenciar es difícil y más aún encontrarle significado o entenderlo.

Cualquier persona puede inquietarse y ponerse triste, incluso hasta enojado, por no haber obtenido lo que deseaba. Como seres humanos es lo más normal que nos suceda. El hacerme esas dos preguntas en mi cabeza me ayudó a entender un poco más mi papel en este camino.  El resultado de ese proceso de pensamiento fue que aprendí unas cosas importantes: el primero es meditar muy bien siempre el para qué y segundo, utilizar las virtudes que Dios nos ha dado. 

LAS VIRTUDES: Herramientas clave para usar

La primera es gracias a lo que llaman virtudes. Hay varios tipos y entre ellas tenemos las teologales y morales.  De estas veremos las teologales; que son la fe, caridad y la esperanza. Las morales son la justicia, prudencia, templanza y fortaleza. Estas virtudes son dones que Dios nos da para contrarrestar los impulsos naturales inclinados al egoísmo, placer y comodidad.

Gocémonos en la esperanza, soportemos el sufrimiento, seamos constantes en la oración. (Romanos 12, 12)

¿Qué es la esperanza?

La esperanza es la que nos da la certeza de que algún día viviremos en la eterna felicidad y corresponde a ese anhelo que Dios ha puesto en el corazón del ser humano. Con ella concretamos la firme confianza en que Dios nos dará las gracias que necesitamos porque nos ama y porque es fiel a la promesa. Fundamentada en la seguridad y en su poder infinito.  Sin ella, perdemos la visión de la vida eterna y no le encontraríamos ese sentido de trascendencia.

Con la esperanza voy a poder estar seguro que mis planes, si los pongo en manos de Dios, no van a ser inciertos pues tengo esa seguridad en algo futuro prometido por el mismo Dios. ¿Qué más que la plena confianza en Dios?

Un personaje muy claro de la Biblia que nos puede enseñar sobre la esperanza es Job. Job era un hombre que tenía muchas cosas: tenía ganado, casa, familia y dinero. Luego a él se le prueba su fidelidad hacia Dios quitándole todos sus bienes, con padecimiento de enfermedades mortales y hasta la muerte de sus familiares. Aún así, él sale triunfante de todas estas pruebas.

Personalmente yo debía  trabajar más en la humildad. Tal vez para otros sea la prudencia o la caridad. En fin, cada uno tiene alguna otra virtud por la cual trabajar un poco más.  Y pueden ser no solo virtudes, puede ser un sentimiento o una actitud. Este ejercicio me hizo discernir cuál era esa parte en la que debía trabajar.

¿PARA QUÉ o POR QUÉ?

En vez de sentarme a preguntarle a Dios el “por qué” de lo que me había pasado, empecé a preguntarme el “para qué”; y fue cuando logré entender un poco lo que Él estaba tratando de decirme o explicarme. Cuando logramos llegar a este momento, tenemos que hacerle esas preguntas en nuestra habitación o en nuestro lugar de oración y siempre dirigirlas hacia Dios y no contra Él. Dios es ese amigo que está ahí siempre para nosotros, que nos cuida y nos aconseja de la forma más fraterna posible.

Saber cuál es nuestro papel en estas situaciones es un punto importante de entendimiento y de confianza que tenemos que ir aprendiendo. Tener fe es asumir ese riesgo de la ceguera y entrar en el amor, a pesar de todo. Aprendí que puedo trabajar en la fe cuando vivo la humildad de cara a mi relación con Dios, reconociendo lo necesitado que estoy de Él.

A veces hay momentos donde puedo volver a la incertidumbre pero es cuando más requiero de un momento de oración y de silencio para seguir teniendo esperanza que todo va a salir de la mejor manera posible. En nuestros silenciosos ratos de oración, pidámosle por ese “para qué”. Asumamos con humildad sea cual sea el desenlace, seamos como Job cuando le fue pasando cada trago amargo y demostremos esperanza en cada etapa de nuestra vida.

Muchas veces podemos confundirnos y no ver bien alguna oportunidad por estar centrados en sólo una cosa. Con el paso del tiempo vamos a ir mejorando nuestra manera de ver las cosas y de ir entendiendo el paso a paso de lo que sucede en nuestra vida.  

Y les puedo asegurar  que cuando tengo más fe y esperanza es que los resultados llegan más rápido y claramente.

“La puerta del cielo es muy baja; solo los humildes pueden entrar por ella” –Santa Elizabeth Ann Seton

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