Las agendas en el siglo XXI parecen dominarlo todo: tiempo, familia, programas, intereses. Nuestros planes cobran vida si están escritos en ese pedazo de papel con calendarios que llevamos a todos lados o en ese rincón del celular desde el cual se disparan alertas continuamente. Corres de reunión en reunión, y al salir del trabajo sigues de maratón en el supermercado, con actividades de hijos, en el gimnasio o quién sabe en qué ocupación extra.

Pero ¿cuántas veces has sido creativo a la hora de diseñar tu semana y reservarte una hora para asistir a misa, rezar el Rosario o simplemente ir a visitar a ese amigo que está un poco triste y necesita compañía de la buena? Los cristianos sabemos que seguir a Jesús implica unirse a él en cada cosa que hacemos pero que, sin combustible, sin grandes dosis de empuje, todo se hace bastante cuesta arriba.

Recargando baterías

¿Dónde encontrar la fuerza, las ganas de sobreponerse, de ser mejores, de alcanzar una vida plena en cada cosa que hacemos? El gran secreto está mucho más cerca de lo que te imaginas. Es en la Santa Misa y en los sacramentos donde hallarás el verdadero sentido que tienen tus quehaceres y obligaciones, y toda tu vida se teñirá de una trascendencia que te permitirá ver con claridad lo que realmente importa.

¿Qué hay en la Misa que no te puedes perder? Allí se esconde algo demasiado valioso, y reservado a los que confían: TIEMPO. Al asistir a la celebración de la Eucaristía, el principal regalo que te regala Dios es Él mismo, con sus mismísimos oídos y su corazón puro. Al recibirlo en la hostia consagrada, empieza dentro del corazón una comunión muy fuerte y única entre Creador y creatura. En este espacio, Dios se pone a nuestra disposición para que le abras tu alma. ¿Qué no está tan bien como quisieras? ¿En qué necesitas ayuda? ¿Cómo resolver tal o cual problema? ¿De qué le darás gracias?

Las ventajas de la oración

Si eres capaz de dedicar un rato de oración diario a hablar con Jesús, a tener un diálogo sincero y personal, verás cómo de aquí sacarás la fuerza para enfrentar cada día y la respuesta a tantos interrogantes. “Conviene que Él crezca y que yo disminuya” decía San Juan Bautista y esta es la actitud para empezar tu amistad con Dios. Comienza por contarle tus preocupaciones, tus deseos y aspiraciones, tus dudas e incertidumbres y hazte amigo del silencio que es allí donde Jesús habla al corazón. Y de a poco sentirás que es Él quien desde hace tiempo está intentando meterse en tu alma y susurrarte esas palabras de aliento que te harán resurgir una vez más.

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