“Tu mano se extendió y me invitó a seguir”

¿Qué te dice esa frase? Los invito a pensarlo, detenidamente, y reflexionar más adelante. Mientras tanto, permítanme contarles mi experiencia. Aquello que me hizo “click” al escucharla.

Todo sucedió mientras iba manejando por alguna calle de Caracas, que en este momento no recuerdo. Y así, sin previo aviso, mi playlist decidió reproducir la canción Exagerado Amor del grupo musical Tercer Cielo. En un primer momento, mi mente viajó sin escalas a los recuerdos que tengo de los distintos Retiros Search, que he tenido la fortuna de vivir. (Por cierto, si no han ido o no saben lo que es, los invito a que se animen a descubrirlo… ¡no se van a arrepentir!) Sin embargo, al llegar a la mencionada frase, todo tuvo sentido: era el mensaje que necesitaba escuchar en ese preciso instante y que me abrió los ojos. Dios me estaba dando ánimos para seguir, para acercarme nuevamente a Él y dejarle todos mis pesares en Sus manos.

Luz en medio de tinieblas

Verán, nosotros los venezolanos estamos atravesando momentos muy difíciles como nación y es muy común ver caras de angustia, desespero y resignación por doquier. No es de extrañar, entonces, que muchas veces le echemos la culpa de nuestra calamidad a Dios; que nos alejemos de Él o lo ignoremos. A título personal, admito que es realmente difícil encontrarle el lado bueno a las cosas, cuando el día a día parece estar encapuchado por una nube negra que te persigue incesante. Pero, es ahí, en los momentos más oscuros, donde el rayo de luz penetra las nubes y alumbra el camino a seguir. Ahí, en los momentos de desesperanza, donde nada ni nadie parece sonreírnos, es cuando Dios nos estrecha Su mano para levantarnos y seguir adelante. Porque, aunque a veces no lo parezca, no estamos solos.

Una cumbre que se escala paso a paso

Ahora bien, esto no es tan fácil como parece. No se trata solo de escuchar una canción e inspirarnos a levantar cabeza. Esto es un trabajo en equipo, que requiere de muchísima fuerza de voluntad y una fe que, día tras día, se irá fortaleciendo y afianzando en nuestro interior.

Imagínense estar parados frente a una montaña muy alta, conformada por piedras irregulares que se asoman y se esconden, dándole un aspecto desafiante y peligroso a quien la va a escalar. Lo primero que podemos pensar es: no voy a poder llegar hasta la cima, es muy difícil. Sin embargo, respiramos profundo y empezamos a subir. Y así, poco a poco, vamos sorteando las dificultades, sujetando por aquí y por allá para sentirnos seguros. Pero, de pronto pisamos una piedra suelta y resbalamos… ¡qué susto! De inmediato sentimos que nuestro corazón se acelera y nos invade un sentimiento de miedo, de querer renunciar. No obstante, subimos la mirada y vemos que la cima está más cerca de lo que imaginamos. ¡Vamos, sí se puede!, decimos. Pero, ¿realmente somos nosotros los que nos damos ánimos? ¿No has pensado que, quizás, puede ser Dios? Después de todo, Él está viendo el empeño que le ponemos, ¡Él está escalando con nosotros!

Pues, nuestro día a día -y me atrevería a decir que nuestra relación con Dios- a veces puede parecerse a esa montaña que escalamos una y otra vez, llena de obstáculos, tentaciones y “piedras sueltas”. Ahora bien, lo retador del asunto es saber qué pasos dar, qué piedras agarrar para conquistar la cima. Porque todos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios y estamos llamados a permanecer en gracia con Él.

Por eso, a ti que me estás leyendo, con estas líneas busco animarte. Recordarte que el camino de la fe no es fácil, pero tampoco es imposible. Y que es normal desviarse un poco, todos somos pecadores porque no somos perfectos. Pero, no te acostumbres ni te pongas cómodo en el pecado. Por el contrario, ¡levanta la mirada y sigue adelante!

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