En su novela Frankenstein, Mary Shelley cuenta la historia de un científico que desea crear vida humana. En su intento hace a un ser, en apariencia igual que todos los hombres, pero al darle vida se da cuenta de su error. Huye. El monstruo despierta, lo busca y le pregunta: ¿Quién soy?, Y ante la respuesta impotente de su creador: «no sé», cae en la desesperación.

La historia de los santos, en cambio, comienza a escribirse desde que se encuentran con Aquel que los ha creado. San Agustín exclama: «¡tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!, Y tú estabas dentro de mí y yo afuera (…) Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo»

Para el cristiano Dios no es un creador que se esconde, sino que siempre está en cada uno, en lo más profundo de nosotros, y espera que lo encontremos para darle respuesta a las preguntas más importantes de nuestra existencia.

La vida del cristiano queda transformada por su encuentro personal con Cristo. Así lo vemos al final de la película Risen, cuando un hombre le pregunta al tribuno Clavio: «¿Usted de verdad cree esto?» Y él responde: «lo único que sé es que mi vida nunca volverá a ser igual»

Con Cristo hay un antes y un después en la historia, pero, más importante aún, hay un antes y un después en la vida de las personas que se encuentran con Él. Vemos cómo en el Evangelio redime a la mujer pecadora, cura a los enfermos, llama a los apóstoles.

De esta manera Cristo propone un modelo de vida -la santidad- que desafía la razón. Ya la vida buena no se basa en explicaciones  racionales, sino del corazón: el que sirve o el que es «manso y humilde de corazón». La propuesta de Cristo baja a todos los hombres, y el más bruto o el más torpe puede llegar a alcanzar esa vida plena que llamamos santidad.

A través de una llamada personal «ven y sígueme», Dios nos salva del anonimato existencial, del peligro de no saber qué hago en esta tierra, qué sentido tiene mi existencia. Y, al mismo tiempo, abre mi historia personal hacia horizontes insospechados.

Cristo confía en la libertad, y nos proyecta al futuro. No me mira solo como soy, sino que me mira como lo que puedo llegar a ser.

Él está en lo más profundo de mí, y es en el trato personal con él durante la vida misma, cuando el hombre lo encuentra en su interior y poco a poco halla la respuesta a aquella pregunta que los santos responden pero que los monstruos no.

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