El temor de Dios se ha utilizado con el fin de intentar disuadir a los creyentes del pecado y así invitarlos a hacer la voluntad de Dios. Sin embargo, este temor ha provocado que literalmente se le tenga miedo a Dios; y esto se debe a que la religión católica en ciertos momentos ha querido difundir el mensaje evangélico mediante amenazas y castigos eternos. 

La idea de un Dios perseguidor y castigador es una de las imágenes más populares que se tienen; aquel Dios que todo lo mira como si fuera policía y que por consiguiente, cuando llegamos a pecar es inevitable el castigo. Es por esto que, se llegan a escuchar frases como «así lo quiso Dios», «si Dios así lo quiere», «Dios aprieta pero no ahorca» y demás frases para justificar las consecuencias de nuestras decisiones. 

Tanto en la Iglesia como en la fe popular, la predicación, ha anunciado más el peligro de la condenación que la importancia de  la salvación de los creyentes. Principalmente, a partir de la Edad Media, se comenzó a difundir el terror de la condenación, de las llamas eternas del infierno; y en consecuencia, muchas de las oraciones y de las prácticas de la piedad popular se comenzaron a encaminar con el fin de  librar a las ánimas de los sufrimientos y padecimientos del purgatorio. Niños que no eran bautizados eran enviados al limbo. El arte tuvo un papel muy importante, tanto en pinturas como en la arquitectura se veían a fieles cristianos sufriendo la condenación. Los demonios fueron parte de la ornamentación de los templos con el objetivo  de infundir miedo a los feligreses. 

Se puede entonces tener una imagen de Dios distorsionada, un dios sádico, un dios que registra todo. No hay escapatoria, uno peca de palabra, de obra o de omisión. Y al final, luego del  juicio uno puede estar en el purgatorio (un infierno temporal), donde las almas sufren para purificarse y así poder gozar de la presencia de Dios, o en el peor de los casos, ir directamente al infierno donde las almas sufren  con el castigo eterno. . El juicio se va acentuar en el pecado más que en el amor, en estos casos. Así pues, en el imaginario popular se tiene la idea del dios del terror y del castigo, y por consiguiente, la conciencia humana está condenada al miedo, la culpabilidad y hasta al temor  de acercarse a la misericordia de Dios.

Dios es amor

Es importante que se conozca al Dios que nos ha anunciado Jesús: eso ayudará a quitar imágenes deformadas y que hacen daño en nuestra relación como creaturas o mejor dicho, hijos de Dios. Cuando Jesús comenzó su prédica entre el pueblo judío, anunció  a un Dios distinto del que su pueblo conocía. Se tenía la percepción de un dios justiciero y vengador, bastante alejado del Dios de amor y misericordia que ahora mostraba Cristo. 

El Nuevo Testamento está lleno de alusiones hacia el amor de Dios, hasta el punto en que se afirma que Dios es amor (1 Jn 4, 8). Al referirse a Dios, Jesús lo hace como hijo, es capaz de llamarle Padre e impulsa una fraternidad. Asimismo, a nosotros también nos invita a llamarle Padre nuestro. Después de que se tenía la percepción de un dios lejano, Jesús nos lo muestra cercano; que está entre nosotros, ya que donde dos o más se reúnan en su nombre ahí estará Él. 

Cuando Jesús hablaba de nuestro Padre, se refería a Él como alguien misericordioso. La parábola del Hijo Pródigo (Lc 15 11-32) nos permite conocer cuál es la postura de nuestro Padre. Nos da la libertad de tomar nuestras decisiones, no es impositivo. La decisión que tomó el hijo trajo consigo terribles consecuencias. Cuando decide regresar a la casa del padre; este lo recibe conmovido, lo abraza y dicen las Sagradas Escrituras que lo besa efusivamente. Cuando el hijo estaba confesando su culpa y lo indigno que era estar ahí; su padre ordena que lo vistan con el mejor vestido, que le pongan un anillo en la mano y sandalias en los pies. 

Su padre lo reviste una vez más. Y después matan al novillo cebado para festejar que su hijo estaba muerto y había vuelto a la vida, que después de estar perdido había sido hallado.  

Es decir que, Jesús nos muestra a un Dios que respeta nuestras decisiones y tiempos, que está ahí, que se alegra y muestra su amor y misericordia. 

En el pueblo judío, la ley regía todo el orden social. En cierta ocasión un grupo de fariseos, con el fin de tentar a Jesús, le preguntaron cuál era el mandamiento mayor de la ley. Él les respondió:  «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente», y el segundo mandamiento es semejante a éste «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» y en esto se resume la Ley de los Profetas (Mt 22, 34-40). 

Por consiguiente, como cristianos, creemos en el Dios que nos mostró Jesús:  un Dios de amor y misericordia. La ley en la vida cristiana tiene como eje el amor. Primeramente amar a Dios sobre todas las cosas, así como también, amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. San Agustín dijo: «Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino el amor serán tus frutos». 

 

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