Si naciste en los 90’s te acordarás de una película de Mel Gibson llamada Corazón Valiente. Sin entrar mucho en detalles de la trama, el personaje principal pelea y defiende su tierra bajo el ideal de la libertad. Y en la escena más icónica del filme, donde William Wallace es torturado, grita desde lo más profundo de su ser “Freedom!” (Libertad). Recuerdo haber visto la película de pequeña y nunca olvidé la escena donde aquel hombre entregó su vida en nombre de la libertad. Aunque a mi corta edad no entendía bien eso de la jerarquía de valores, me quedó bien claro que ser libre es algo por lo que vale la pena morir.

Sea que lo hayas aprendido en clase de historia, leyendo un libro de filosofía o que lo sepas por mera ley natural, te aseguro que todas las personas coincidimos en la importancia de ejercer nuestra libertad. Pero muchos nos preguntamos ¿cómo hacer uso de esa libertad? ¿dónde se acaba mi libre albedrío y dónde empieza el tuyo?

Por estas confusiones comunes quisiera proponer dos ideas:

  • La primera que nos lleva a entender la libertad como un valor que implica el uso de la voluntad e inteligencia para la toma de decisiones,
  • y en segundo lugar, una distinción entre libertad y tolerancia.

Libre para decidir

Esto no necesita mucha explicación, menos en un mundo tan comunicado como en el que vivimos. Casi todos tenemos información ilimitada al alcance de nuestra palma y con ella podemos elegir el sitio más cercano para tomar un café, revisar las críticas y calificaciones de los restaurantes que nos recomiendan nuestros amigos, hasta encontrar las mejores ofertas y comprar con cupones en línea para sentir que estamos invirtiendo mejor nuestro dinero.

Pero a menudo nos enfocamos mucho en todas las opciones que tenemos para ejercer nuestra libertad sin pensar en que cuando seleccionamos una idea, creencia, cosa para comprar o persona con quién invertir el tiempo, estamos por así llamarlo, rechazando el resto de las posibilidades que se nos presentan. Obviamente esta forma de ver la libertad suena más restrictiva, pues el enfoque está en la infinidad de posibles placeres que nos perdemos por quedarnos con una sola cosa.

La incapacidad de asumir las consecuencias de nuestros actos libres, específicamente al no aceptar la renuncia al resto de las otras opciones no seleccionadas, nos hace carecer de COMPROMISO, mismo que se necesita para ser fieles a nuestras decisiones. Porque no podemos pasarnos la vida pensando en qué hubiera sido de mí si en vez de A hubiera escogido mejor X o Y. ¡Así no funciona la libertad! Un claro ejemplo es cuando optamos por hacernos novios de una persona, es algo que ambos decidimos y no nos gustaría que el otro cambiara de opinión. ¿Te gustaría que tu novio o esposo te dijera que para amarte libremente necesita salir con otras mujeres para así demostrarte que de verdad escoge volver a casa todas las noches contigo? ¡A MÍ NO!

Libertad, según el Catecismo de la Iglesia Católica “es el poder radicado en la razón y la voluntad, de obrar […] de ejecutar así por sí mismo las acciones deliberadas.” (No.1731) Entonces no es hacer lo que me venga en gana cada que mis pasiones me impulsen a querer algo, es más bien un acto que requiere de aquello que me hace humano –mi inteligencia y voluntad- para poder actuar usando responsablemente el poder que nos ha sido otorgado. Y como no siempre se nos presenta con claridad cuál es la opción más adecuada, es necesario estar atentos para no quedarnos solamente en lo más básico que evidencia las decisiones fáciles. Es decir, distinguir entre el bien o el mal en muchas ocasiones es sencillo, sin embargo, se requiere de mucho más de nuestro entendimiento y convicción para aprender a escoger entre lo bueno y lo mejor.

Por lo general vamos a usar nuestra libertad de acuerdo a nuestra escala de valores, así que si deseas saber qué te mueve, presta atención lo que te impulsa a decidir en el día a día. Estando atento a tus decisiones cotidianas, aún cuando parezcan pequeñas e insignificantes, podrás darte una idea de por qué te comportas como lo haces y de cuáles son los valores que están dando dirección al ejercicio de tu libertad y qué ideas son las predominan en tu mente para guiar tu voluntad.

Para cerrar este punto propongo reconocer que hacer uso de tu libertad implicará compromiso. Puede que esto suene para algunos como “sacrificio” del resto de las opciones o “castigo” por las consecuencias que vienen tras una elección, pero veámoslo más bien como una transacción de valores. Para poder aprender algo nuevo, comprar una cosa, gozar de la compañía de una persona en tu vida… se necesita estar ahí, optar al 100% por ello y poner tu voluntad a trabajar para hacer valer tu decisión. Y si usaste tu libertad como se debe, el resultado se verá reflejado en tu crecimiento, ya sea que seas más culto por haber leído un libro, que hayas cultivado una amistad duradera, que conozcas más a tu pareja tras una buena conversación, que tengas un nuevo diploma, que te esfuerces en el trabajo, … si las decisiones son tomadas a luz de la razón, lo más probable es que lleven a tu bienestar integral.

Libertad y tolerancia

Finalmente quiero hacer mención de un término muy utilizado en diálogos sobre libertad: TO-LE-RAN-CIA. Difícilmente puedo demostrar el impacto negativo de esta palabra gracias a la influencia mediática y la alta frecuencia con la que se expone dentro de nuestra sociedad. Pero como diría uno de mis maestros de Apologética, “tolerar al otro no es una práctica cristiana”.

Jesús no toleró a los demás, sino que los amó y lo hizo hasta el extremo de dar su vida por la salvación humana. No quiero compararnos con el Hijo de Dios y ahora pedirte que sacrifiques tu vida cada vez que quieras demostrar apoyo o solidaridad, pero te pido que medites en el sentido de la palabra y más bien uses otros términos cuando te encuentres en un diálogo interreligioso o en un debate donde tus ideas están siendo cuestionadas y te toca escuchar a tu lado contrario.

Pienso que la práctica de “tolerar al otro” nos ha llevado a justificar el ejercicio irresponsable de la libertad humana porque tenemos impuesto que está bien aguantar las decisiones ajenas solo porque a mi compañero de al lado le han venido en gana hacer o deshacer. Si suplimos la tolerancia por el amor, entonces nos preocuparía que el colega del trabajo esté deprimido y buscaríamos la forma de ayudarlo en lugar de solo ignorar pasivamente su padecer por no involucrarme en sus decisiones privadas.

¿Tú qué prefieres, que alguien decida tolerarte o amarte? Yo prefiero el amor y que la decisión de aquel que quiera amarme no cambie cuando se aburra de conocerme, cuando el clima cambie o se le antoje estar con alguien diferente. A lo que estamos llamados todos finalmente es a amar y ser amados tal y como somos, y para llegar a ese final feliz necesitamos ejercitar nuestra inteligencia y voluntad constantemente de manera que un día decidamos libremente comprometernos a pasar nuestra vida al lado de otro ser humano teniendo en cuenta que esa experiencia del amor -entre esposos- es lo más cercano que tenemos para relacionarnos con la experiencia del amor de Dios y la relación que existirá entre los que habitan en el cielo.

Deseo que tu vida y libertad siempre elijan de entre lo bueno, lo mejor y te sugiero que incluyas en tu oración de estos días las palabras de San Pablo “si no tengo amor, de nada me sirve” (1 Corintios 13, 1).  Y si, como a mi, te gusta entender mejor lo que acabas de leer, recomiendo el libro de Carlos Cifuentes “Las formas actuales de la Libertad”, así como otro de los títulos de New Fire: ¿Los católicos son libres para pensar?. No olvides dejar tus comentarios y espero ambas recomendaciones te ayuden a seguir ahondando en el tema.

 

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