Sí, leíste “café” y tu mente automáticamente dijo: ¿Dónde? ¡Yo quiero!. Quizás, con solo ver esa palabra pusiste en marcha tus sentidos y percibiste ese aroma inconfundible que despierta a más de uno. En cualquier caso, logré mi objetivo: captar tu atención y hacer de las siguientes líneas esa taza que no sueltas, hasta saborear la último gota.

No te preocupes, a mi también me gusta el café. De hecho, mientras escribo esto, me estoy tomando uno… y casi apostaría que tú también. A fin de cuentas, es justo y necesario. Pero, ¿qué tiene que ver nuestro delicioso elixir mañanero con la fe? Acompáñame y te cuento de qué va la cosa.

Escogiendo el grano

Hace unos días, escuchaba una reflexión proveniente de lo más alto de un podio. Era, en su momento, la mejor forma de cerrar lo que hasta ahí, habían sido sesenta minutos de paz en medio del caos. Sentado en la esquina de una banqueta, arropado por la tenue luz que tímidamente iluminaba la capilla, se pasearon por mis oídos los términos “café”, “fe”, “Dios”. Como podrás imaginar, todo eso carecía del más mínimo sentido en ese instante; pero fue entonces, cuando cerré los ojos y lo entendí todo. Yo era ese grano de café “Premium” que Dios había elegido, en medio de tantas opciones de la creación, para preparar su brebaje. De mí dependía proporcionarle el mejor sabor. Es decir, debía mantener mi fe en óptimas condiciones.

Calentando el agua

A partir de ese momento, supe que existían ciertos pasos a seguir para que el resultado fuera delicioso. Y es que la fe, una vez sembrada en nuestros corazones, necesita ser cultivada; establecerse en medio de un ambiente de oración que le permita alcanzar su máximo potencial. En otras palabras, el grano de café debe caer en agua previamente caliente para su posterior transformación en aquel líquido con cafeína que cada mañana roza tus labios, llenándote el alma de alegría.

“La fe, además de conocerla, hay que vivirla” – San Juan Pablo II

¿Qué hacer para lograrlo? Pues, muy sencillo… Empieza por abrir espacios en tu agenda para escapar de las distracciones que te acechan constantemente o ese bombardeo de información que recibes a diario y dedícale unos minutos a Dios. Puedes hacerlo en cualquier lugar, siempre y cuando adoptes una postura de recogimiento y privacidad que te permita conversar con Él, escucharle con atención y poner en Sus manos todo aquello que se escape de las tuyas. También, puedes acudir a charlas formativas, reuniones o retiros donde logres fortalecer ese vínculo tan especial que los une. Y así, en compañía de muchos otros que, como tú, buscan estar cerca de Dios, puedas alimentar tu fe con herramientas que serán de gran utilidad en tu día a día.

Ahora bien, esto no significa que debas privarte de las demás actividades que te gustan ni que tu vida se limite únicamente al ámbito religioso. Al contrario, Dios quiere que vivas a plenitud, que disfrutes con tu familia y amigos, que des lo mejor de ti en cada cosa que hagas y, siempre que puedas, te acuerdes de Él y actúes acorde a Sus enseñanzas.

De esta manera, tu fe al igual que el café matutino, será el motor que de pie a tu accionar, pensar y decir. Tu fe será ese vehículo que siempre te lleve a encontrarte con Dios.

Colando el café

Y así, llegamos al momento cumbre de esta obra de arte que pronto reposará en tus manos. A estas alturas, ya es cuestión de gustos. Hay quienes lo prefieren dulce, otros les gusta más amargo. Varían también los tonos, claritos u oscuros. Pero, es en la temperatura donde haré hincapié.

A muchos nos gusta caliente, ver las volutas de humo ascender frente a nosotros. Otros se conforman con que esté tibio y hay quienes disfrutan un café helado. Por casualidad te has preguntado ¿cómo le gusta a Dios?

Dios no toma café, dirás. Pero, ¿qué tal si te digo que sí? Y es que el café, a los ojos de Dios, se traduce en la fe. Dios quiere que tu fe -como Su taza predilecta- esté caliente, ardiendo si es posible. Quiere que la vivas a profundidad, degustando cada sorbo con detenimiento y admiración. En definitiva, quiere que ese aroma característico invada tu hogar e impregne tu corazón.  

Solo así, podrás disfrutarla a plenitud y compartirla con los demás. Porque si hay algo sabroso y satisfactorio en esta vida, es contagiar a otros de las grandezas de Cristo y tomarse un café a su lado.

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