Si algo tiene de increíble la historia de Viktor Frankl, narrada en su libro El hombre en busca de sentido, es que ayuda a descubrir lo mismo que este psiquiatra, devenido filósofo, confirmó en un campo de concentración: “el hombre no vive para el placer ni para el poder, el hombre vive en busca del sentido”.

En busca del sentido

Hace un tiempo le di una clase sobre este tema a mis alumnos, y, al terminar, uno de ellos se me acercó para plantearme una crisis existencial, me dijo: “profesor, ¿cómo puedo ser útil?”. Días más tarde una mamá me buscó en el colegio para decirme que su hijo, otro de mis alumnos, le había pedido ir al psicólogo porque necesitaba hallar su porqué… más de una vez Frankl me metió en un buen lío.

Hoy los jóvenes se hacen preguntas que un hombre o una mujer de otra generación solo se habrían formulado en su lecho de muerte. Antes la persona hacía su deber sin mayores preocupaciones. Hoy los jóvenes necesitan descubrir por ellos mismos el porqué de ese deber; necesitan asimilar por qué es importante para sus vidas, por qué es necesario hacer lo que hacen.

A más libertad, más responsabilidad…

En un tiempo de demasiada libertad, como dice Frankl, ya nadie nos dice qué hacer y el joven de hoy debe descubrirlo por sí mismo. Ya no basta con recibir respuestas repetidas, ni seguir la orden de una autoridad; necesitan descubrir o reconocer por ellos mismos algo valioso, a lo que dedicarle su vida. Necesitan descubrir, como diría Albert Schweitzer, su modo de servir. Pero esto se convierte en un gran reto de libertad y de responsabilidad.

En este sentido, como dice Jacques Maritain en su libro La educación en este momento crucial: “así como la medicina, la educación debe ser una profesión que colabore con la naturaleza”. No se trata de empeñarnos en que el alumno aprenda cientos de conocimientos fragmentados, sino de ayudarlo a descubrir —y afinar— su conciencia, su libertad y su responsabilidad; facultades con las que serán capaces de reconocer y perseguir por ellos mismos lo que realmente importa.

El avión

Para entender esta misión, la logoterapia utiliza la imagen del avión: el avión parece avión cuando está estacionado, pero es realmente avión cuando vuela. El joven parece persona, pero es realmente persona cuando se dirige a algo que está fuera de él. Un avión, un joven, que no descubre que tiene motor —espíritu— nunca descubrirá que está hecho para volar —para servir—, y de esta manera podrá ser un avión o un hombre muy elegante, pero se sentirá inútil.

La vida lograda no se reconoce por las horas que se ha estado estacionado o, en nuestro caso, por las horas que hemos utilizado en comodidad y diversión. Para tener una vida útil, los jóvenes de hoy necesitan horas de vuelo; necesitan descubrir primero, que tienen conciencia, libertad y responsabilidad, y luego, que están llamados y hechos para la grandeza: para perseguir algo valioso que está fuera de sí mismos.

Al descubrir las facultades de su espíritu, los jóvenes de hoy habrán conseguido dar con el camino hacia lo que realmente importa. Solo entonces, papás y profesores podremos vivir tranquilos, podremos pasar el relevo, y confiar en que esta generación hará lo mejor para sí mismos y para el destino de nuestra sociedad.

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