Recientemente la Congregación para la Educación Católica de la Santa Sede publicó un documento sobre la llamada ideología o teoría de género, refiriéndose a ella como una creciente tendencia que constituye una emergencia educativa en cuanto a los temas de afectividad y sexualidad. A continuación presentamos un resumen de los puntos más importantes de este documento, que si bien no es magisterial, expresa la posición de la Iglesia Católica frente a dicho tema. 

Antes que nada quisiera hacer una aclaración personal. Es probable que cuando investigues sobre la ideología de género o cuando hables con un académico serio sobre el tema, te diga que se trata de una teoría conspirativa. La razón de esto es que no vas a encontrar a nadie que diga estar a favor de la “ideología de género”, por la misma razón por la cual tampoco vas a encontrar a alguien que se diga a favor de la “cultura de la muerte” o “cultura del descarte”. Lo que pasa es que estos son términos creados por líderes católicos para agrupar un grupo diverso de movimientos (LGBT+, trans-género, pro-aborto, etc.) que muchas veces tienen una corriente de pensamiento en común. Sin embargo, probablemente sí encuentres personas que estén a favor de la “teoría queer”, del “feminismo de tercera ola” o de la “teoría crítica”, porque estos son algunos de los términos con los que pensadores de esta corriente se pueden identificar. Hecha esta aclaración, vamos a ver qué dice el Vaticano con respecto a este término da la “ideología de género”.

Definición: ¿qué es la ideología de género?

La teoría de género es un término general que agrupa una serie de corrientes que presentan una lectura puramente sociológica de la diferenciación sexual y un énfasis excesivo en las libertades individuales de autodeterminación. De acuerdo con la teoría de género, la identidad sexual es una construcción social y no una realidad natural o biológica. Esto trae una tendencia a cancelar las diferencias y la reciprocidad naturales entre el hombre y la mujer, consideradas como simples efectos de un condicionamiento histórico-cultural. Por otro lado, la teoría de género presenta el progreso de la humanidad con una sociedad sin diferencias de sexo. Esta ideología lleva a proyectos educativos y legislativos que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva desvinculadas de la diferencia biológica entre hombre y mujer.

«Cuando se olvida a Dios, la creatura misma se vuelve ininteligible». -Gaudium et Spes, 36 

La ideología de género es una desorientación antropológica, resultado de diversas corrientes filosóficas del siglo XX. Estos enfoques convergen en negar la existencia de una esencia, de un don originario que nos precede y es constitutivo de nuestra identidad personal. A diferencia de lo que postulaba la filosofía clásica “el hacer sigue al ser”, en la teoría de género cada persona se construye a sí misma sin tener una naturaleza determinada. La identidad humana es determinada por una opción individualista, que también puede cambiar con el tiempo. El individuo queer es fluido, flexible, nómada, emancipado de toda definición, y escoge su identidad dependiendo únicamente de su actitud subjetiva. En las relaciones interpersonales, lo que importa sería solamente el afecto entre los individuos, independientemente de la diferencia sexual y la procreación, consideradas irrelevantes en la construcción de la familia.

Un ejemplo de esto sería el caso de Paul Wolscht, ahora Stefonknee Wolscht, un hombre canadiense de 46 años que en 2015 dejó a su esposa y siete hijos para vivir como una niña de 6 años, incluso llegando a ser adoptada por una pareja.

La ideología de género considera que el matrimonio tradicional entre hombres y mujeres es una herencia del patriarcado, por lo que se apela a la pluralidad de uniones de todo tipo. Como la duración y la naturaleza del vínculo matrimonial se ve como una variable más de acuerdo con el deseo contingente de las personas, también se anula la dualidad, la exclusividad y la fidelidad de la pareja con los “poliamoríos”, que incluyen a más de dos personas en una unión legal. Lo que vale es la absoluta libertad de autodeterminación y la elección circunstancial de cada individuo en el contexto de cualquier relación emocional, y la sociedad se debe limitar a garantizar tal derecho, porque de lo contrario constituiría una forma de discriminación social contra las minorías.

Puntos en común

Según el documento, existen puntos en común para establecer un diálogo con aquellos que proponen la ideología de género. Es necesario diferenciar entre la ideología de género y las diferentes investigaciones sobre el género. El enfoque de género, que trata de distinguir entre la realidad biológica (sexo) y el rol sociocultural de cada sexo (género) no es intrínsecamente malo. Mientras que la ideología pretende, como dice el Papa Francisco, “responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles” pero busca “imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños” y por lo tanto excluye el diálogo. Están bien las investigaciones sobre el género que buscan profundizar adecuadamente el modo en el cual se vive en diferentes culturas la diferencia sexual entre hombre y mujer.

«Ciertamente no se puede negar que a lo largo de los siglos se han asomado formas de injusta subordinación, que tristemente han marcado la historia y han influido también al interior de la Iglesia. Esto ha dado lugar a rigidez y fijeza que demoraron la necesaria y progresiva inculturación del mensaje genuino con el que Jesús proclamó igual dignidad entre el hombre y la mujer, dando lugar a acusaciones de un cierto machismo más o menos disfrazado de motivaciones religiosas.» -Varón y mujer los creó, 15.

Otro punto en común sería el llamado a respetar a cada persona en su particular condición, de modo que nadie pueda convertirse en objeto de acoso, violencia, insultos y discriminación injusta, sino que todas las expresiones legítimas de la persona se acojan con respeto.

Problemas con la ideología de género

La ideología de género es parte de un proceso progresivo de desnaturalización o alejamiento de la naturaleza, haciendo que la identidad hu­mana se transforme en una elección emocional e individualista. La identidad sexual y la familia se convierten en dimensiones de la “liquidez” y la “fluidez” posmoderna: más que fundadas en el ser, están fundadas en el deseo momentáneo del impulso emocional y en la voluntad individual. Esto da origen a un relativismo. Se confunde la genuina libertad con la idea de que cada uno juzga como le parece, como si más allá de los individuos no hubiera verdades, valores, principios que nos orienten, como si todo fuera igual y cualquier cosa debiera permitirse.

Bajo la bandera de la “no discriminación”, la ideología de género, en vez de combatir las interpretaciones negativas de la diferencia sexual que han dado origen al machismo y la discriminación, pretende cancelar esta diferencia. El rechazo de la dualidad hombre y mujer crea una persona abstracta que después elige para sí misma, autónomamente, cuál es su naturaleza. Si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación. Además, si no existe una naturaleza humana sino que todo es constructo, también son constructos los derechos humanos y la “dignidad intrínseca” que se le suele atribuir al hombre.

«Es cada vez más evidente que la decadencia de la cultura del matrimonio está asociada a un aumento de pobreza y a una serie de numerosos otros problemas sociales que azotan de forma desproporcionada a las mujeres, los niños y los ancianos. Y son siempre ellos quienes sufren más en esta crisis.» -Varón y mujer los creó, 43.

Respuesta antropológica cristiana

La visión antropológica cristiana ve en la sexualidad un elemento bási­co de la personalidad, un modo propio de ser, de co­municarse con los demás, de expresarse y de vivir el amor hu­mano. Existe una unidad de cuerpo y alma en el hombre, lo cual implica que el cuerpo es un elemento integral de la identidad personal y las rela­ciones familiares. Asimismo la sexualidad no se reduce a la genitalidad, sino que es una riqueza de toda la persona (cuerpo, sentimiento y espíritu) y el significado que manifiesta la complementariedad del ser sexuado es que la persona está hecha para el don de sí misma en el amor.

El “dimorfismo sexual” (la diferencia sexual entre hombres y mujeres) no sólo está comprobado por las ciencias, sino que tiene su fundamento en la filosofía. Hombre y mujer son las dos formas en que se expresa la realidad ontológica de la persona humana. La diferencia sexual no es entonces un constructo social, sino una realidad: hombre y mujer son los dos modos distintos de ser persona humana. La ecología integral que promueve el Papa Francisco implica que también el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede mani­pular a su antojo. El núcleo de esa ecología del hombre es el reconocimiento de la dignidad del ser humano y de la ley moral escrita en su propia naturaleza.  

La formación de la identidad se basa en la “otredad”: en la confrontación inmediata con el “tú” diferente de mí, reconozco la esen­cia de mi “yo”. En la familia, la comparación con la madre y el padre facilita al niño la elaboración de su propia identidad. La identidad personal madura auténticamente en el momento en que está abierta a los demás. Ningún hombre es una isla y nadie llega a conocer su identidad de manera radicalmente individualista.

«Dios creó al hombre a su imagen […], varón y mujer los creó.» -Génesis 1, 27

La teología del cuerpo de San Juan Pablo II enseña que el ser sexuado es un signo de la comunión interpersonal que hay dentro del mismo Dios, y que mediante el don de sí mismo el hombre realiza una participación del Ser divino. La mujer y el hom­bre reconocen el significado de la sexualidad en la intrínseca intencionalidad relacional y comunicativa que atraviesa su cor­poreidad y los envía mutuamente el uno hacia el otro.

La familia es por lo tanto una realidad antropológica primero y luego una realidad social y cultural. Calificarla como un constructo cultural que sólo tiene fuerza en un momento de la historia y después decae significa traicionar su valor. La familia es una realidad anterior al Estado, por lo cual las leyes deben tenerla en cuenta y darle el justo reconocimiento. La familia tiene derecho a ser reco­nocida como el principal espacio pedagógico para la formación del niño, para una educación para el amor, para la donación mutua, ante una cultura que banaliza la sexualidad humana y desfigura la capacidad de amar. Sería contrario a la justicia si el gobierno pretendiera imponer un modelo ideológico en la educación, por encima de la voluntad de los padres, porque estaría en contra del principio de subsidiariedad.

Conclusión y llamado al diálogo 

La Iglesia no deja de llamar al diálogo como el camino más efectivo para una transformación positiva de la sociedad y para el desarrollo de un entorno relacional más abierto y humano, contra “la cultura del descarte” y el aislamiento. Invita a promover «una dignidad originaria de todo hombre y mujer irreprimible, indisponibile a cualquier poder o ideología», más allá de cualquier reduccionismo ideológico. Sin embargo, hoy en día en muchos lugares se está imponiendo la hegemonía de la ideología de género a través de los medios de comunicación y la educación, muchas veces sin dejar lugar para la libertad de expresión y la libre discusión de ideas. Se suele censurar e incluso sancionar a cualquier persona que diga que existen diferencias entre hombres y mujeres. Esta es la manera en la que opera una ideología. Hace dos años, por ejemplo, Google despidió a un empleado por decir que existen diferencias entre hombres y mujeres, y cada vez son más frecuentes las noticias de este estilo. Decía Gandhi que la violencia es el arma de los que no tienen la razón. Sin embargo, si estás apegado a conseguir la verdad, no existe razón para tenerle miedo al diálogo.

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