Antes que nada quería pedirte que, si eres una persona susceptible y que se ofende fácilmente con las opiniones diferentes a las tuyas, sin importar de qué lado del espectro ideológico te encuentres, no leas este artículo. Continúa sólo si eres de los que creemos que siempre se puede aprender algo bueno del otro.

Hace unos días Gillette, la marca de hojillas para afeitar de Procter & Gamble, publicó un anuncio que generó poco más que polémica. El mensaje principal del video gira en torno al término, cada vez más popular, de la “masculinidad tóxica”. Si no lo has visto, antes de seguir, he aquí el anuncio:

Bien, ahora revisa la barra de likes y dislikes que tuvo el video. Ciertamente fue algo polarizante, por decir lo menos.

¿De quién vinieron las quejas?

Principalmente de hombres conservadores y de tendencias políticas de derecha, que están hartos de que constantemente se represente a los hombres en los medios de comunicación como malos, desconsiderados, insensatos o, en el mejor de los casos, unos pelmazos buenos para nada.

¿No me crees? Piénsalo. ¿Cuántas series, películas y anuncios no sufren del “efecto Homero Simpson”? Al hombre, Homero, se le representa muchas veces como estúpido, irresponsable, egoísta, infantil, incompetente, en contraste con la mujer, Marge, que es inteligente, responsable, sensata, mejor en todos los sentidos, siempre la voz de la razón y la corrección del comportamiento de Homero. Este patrón se repite en muchas otras historias. Sólo hay que ver las películas de la nueva trilogía de Star Wars: ¿qué hombre de la historia no es un cobarde, o un traidor, o un insensato, o un chillón, o se rehúsa a restaurar la orden Jedi, única esperanza de salvación de la galaxia? Mientras que las mujeres de alguna forma siempre tienen la razón en sus planes, obstaculizados por los hombres. Pareciera que a los hombres, o mejor dicho a la masculinidad, se le pretende ridiculizar sistemáticamente.

Por otro lado, es cierto que durante muchos años a la mujer se la estereotipaba como damisela en peligro, dependiente del rescate de un hombre. Lo que vivimos hoy en día es en parte un péndulo cultural. Además el hecho de que se descubran casos de años de abuso sexual como el de Harvey Weinstein y otros del movimiento #MeToo, que es sólo la cima del iceberg de los abusos que sufren las mujeres, hace evidente que algo está mal en el sistema. Si bien hay feministas radicales que proponen soluciones ideológicas que contradicen la naturaleza del ser humano, hay que admitir que, como decía Joseph Ratzinger, “todo error tiene un núcleo de verdad”.

Entonces, ¿quién tiene razón? ¿Los hombres son “tóxicos” y violentos por naturaleza y la única manera de civilizarlos es emascularlos y hacerlos más femeninos? ¿Todos los reclamos de las feministas son una retórica de social justice warriors para imponer la ideología de género? ¿O se puede estar de acuerdo con ambas partes? ¿Qué de verdad hay en ambos bandos?

La teología del cuerpo y la masculinidad tóxica

Sé que puede sonar extraño, pero pienso que detrás del reclamo de muchas feministas, en parte lo que hay no es más que el anhelo de que los hombres sean castos. El problema es que cuando decimos la palabra “castidad” lo primero que se nos viene a la mente es que es un concepto medieval que implica represión y condenación de algo que es natural. Pero la castidad, bien entendida, no es la represión de la sexualidad, sino su elevación y su plenitud. El problema con la lujuria –su vicio contrario– no es que te muestre demasiado de una persona, sino que te muestra demasiado poco. La castidad es aquella virtud que te permite ser libre para situar la sexualidad en el marco del amor, de una afectividad madura y de una entrega recíproca que es total, fiel, libre y fecunda.

Sin embargo el hombre posmoderno fue prescindiendo de cada una de estas cualidades de la sexualidad: ya no tiene que ser fecunda, ni total, ni fiel, ni exclusiva; con tal de que sea libre, está bien. El acto sexual se convierte así en una mera transacción de placer, despersonalizada y carente de algo más allá; el otro se convierte en una cosa para ser usada, en lugar de una persona para ser amada. Es aquí cuando la persona, en el aspecto fundamental de su sexualidad, se desintegra. Pero el corazón del hombre y de la mujer nunca dejará de anhelar ese amor para siempre, esa entrega recíproca de sí al otro, esa pureza de la primera mirada que le dio Adán a Eva como era en el principio.

El hombre es fuerte, sí. Tiene inscrita esta realidad en su cuerpo y en la experiencia fenomenológica del mismo. Es reflejo de la fuerza e iniciativa creadora de Dios (la mujer también es reflejo de Dios pero eso es tema para otra ocasión). Sin embargo el propósito de este don no es aprovecharlo para explotar y obtener algo del otro, sino al contrario, para ponerlo al servicio del otro, para proteger y proveer, para dominar sus pasiones y ser capaz de hacer una entrega de sí mismo. Sólo después del pecado original, de la caída de la naturaleza del género humano, es que el orden se invierte y el hombre ya no ve en el cuerpo de la mujer una invitación para amarla y servirle, sino para utilizarla (y vice versa). Su masculinidad se hace “tóxica”. Adán y Eva, caídos, no sienten más que pena al darse cuenta de que el otro ya no lo puede amar.

Jesucristo, sin embargo, vino a restaurar el orden que había antes. Cuando lo quieren acorralar con una pregunta sobre el matrimonio, él les contesta con que “en el principio no era así” (Mateo 19,8). El hombre cristiano, siguiendo el ejemplo de Jesucristo que es el modelo del hombre perfecto, debe “amar a su mujer como Cristo amó a su Iglesia, dando su vida por ella” (Efesios 5,25).

Cuando las feministas reclaman a los hombres que las respeten, que no las cosifiquen, que no las vean con miradas de lujuria, que las valoren por lo que son y no por el placer que les pueden traer, en el fondo y aunque no se den cuenta, lo que en realidad reclaman es que sean castos.

¿Hace falta más o menos masculinidad?

Con lo anterior hemos visto que la masculinidad no es intrínsecamente mala. El problema hoy en día no es la presencia de masculinidad, sino de su negación “tóxica”. Si lo que predomina hoy en día es una versión paródica de lo que es ser un hombre, es porque tenemos una deficiencia de hombres de verdad, de padres de familia, de modelos positivos para los varones. La cantidad de familias de madres solteras, con padres ausentes o parcialmente ausentes, no tiene precedentes en nuestra cultura occidental. Sin un modelo a seguir ni una manera cómo guiarse, los hombres se quedan con una masculinidad adolescente, egoísta, insegura, con una forma inmadura de percibir al mundo y de tratar a los demás, “tóxica” si así prefieres llamarla. La energía masculina, cuando se reprime, busca expresarse de maneras destructivas, y de ahí no sale nada bueno. Cuando a los hombres no se les da la oportunidad de reafirmar su masculinidad de una manera legítima y positiva, esta termina manifestándose en violencia.

Conclusión

Hay una crisis en la masculinidad, sí. Pero tal vez la mejor forma de solucionarlo no es reprimiendo a los hombres, diciéndoles que son tóxicos y tratando de que sean menos masculinos. Al contrario, la solución se encuentra en volver a dar a los hombres un propósito, de ser responsables y comprometidos, de tener autodominio y de servir a los demás. Sólo la masculinidad auténtica puede enfrentarse a la masculinidad tóxica. Lo mejor que un hombre puede tener, “the best a man can get”, es tener un padre, es ser un buen esposo y padre, es ser como era en el principio.

Ver también: 

Video: Bishop Barron on the Homer Simpson Effect

Video: Guerra contra los chicos

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