Recuerdo los primeros años del Papa Francisco como una bocanada de aire fresco para toda la Iglesia. Su pontificado comenzaba como un revulsivo de misericordia que insistía en ella como «el mensaje más fuerte de Jesús».

Personalmente nunca he dejado de seguir sus actividades y mensajes. Intento asimilar lo que el Espíritu Santo está soplando a través de este sucesor de Pedro, vicario de Cristo.

No puedo negar que en los dos últimos años esta bocanada se ha empañado en los cristales de diversas sensibilidades. Para algunos no ha sido fácil compaginar las exigencias de la misericordia con la verdad de la doctrina. Quien ha insistido en la doctrina, a veces ha sido tachado de rígido o legalista. Y quien ha antepuesto la misericordia, a veces ha sido acusado de laxo o «manga ancha».

¿Misericordia o doctrina? ¿Caridad o verdad? Parecen soluciones antagónicas y excluyentes, pero no es adecuado presentarlas así. Veamos algunas reflexiones que nos ayuden a mantener unido el binomio de la misericordia y la verdad. Partamos del Evangelio, sigamos con el pensamiento del Papa Francisco y terminemos con un ejemplo del entonces sacerdote Jorge Mario Bergoglio.

¿Qué dice el Evangelio?

Jesucristo vivió y predicó el amor y la verdad. Podemos decir que anunció la misericordia en la verdad y la verdad con misericordia. Se presentó como «el camino, la verdad y la vida» (cf. Juan 14, 6) y no vino «a llamar a los justos sino a los pecadores» (cf. Mateo 9, 13). Se acercó a todo tipo de personas para transformarlas y liberarlas del pecado, no para «bendecir» su pecado. Su mensaje de misericordia iba ligado al de conversión (cf. Marcos 1, 14). El mismo Jesús que dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mateo 11, 29), es el mismo que declaró: «Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8, 32).

El caso de la mujer adúltera es emblemático de cómo Jesús aplicó la verdad y la misericordia (cf. Juan 8, 1-11). Los escribas y fariseos le presentan a una mujer «sorprendida en flagrante adulterio». «Flagrante» significa «de tal evidencia que no necesita pruebas» o que se produjo «en el mismo momento de estarse cometiendo, sin que el autor haya podido huir». De manera que el pecado es innegable. Y los acusadores conocen y recuerdan muy bien la antigua ley de Moisés:

«Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, serán castigados con la muerte: el adúltero y la adúltera» (Levítico 20, 10).

«Si sorprenden a uno acostado con una mujer casada, los dos deben morir: el que se acostó con ella y la mujer» (Deuteronomio 22, 22).

La pena consistía en una lapidación: morir a pedradas. No sería algo indoloro ni instantáneo, además de ser sumamente humillante. Cabe preguntarse si a los justicieros inquisitivos les importaba esta mujer. También cabe preguntarse dónde estaba el adúltero, pues también él debía ser castigado. En la práctica regía una desigualdad que Jesús superaría. A Él sí le importaba el bien concreto de los pecadores y de esta mujer. Termina la historia del siguiente modo:

«Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?”. Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”» (Juan 8, 7-11).

Jesús no niega la verdad de los hechos, pero trata con misericordia a esta mujer. La perdona, le da una nueva oportunidad y la invita a la conversión: «Anda, y en adelante no peques más». Jesús ofrece acogida sin cambiar la doctrina. Cambia la actitud, no los mandamientos. No niega la maldad moral de un adulterio e invita a los adúlteros a la conversión. Ama a los pecadores y los libera de sus pecados.

¿Qué dice el Papa Francisco?

Estos son los acentos evangélicos que nos está recordando el Papa Francisco. Ha hablado mucho de la Iglesia como «un hospital de campaña tras una batalla». Allí se recogen y se curan a los heridos, a los pecadores. Se les brinda primero lo más elemental que es la acogida. A algunos a veces se les ha olvidado esto y por eso reconocía lo siguiente:

«La Iglesia a veces se ha dejado envolver en pequeñas cosas, en pequeños preceptos. Cuando lo más importante es el anuncio primero: “¡Jesucristo te ha salvado!”. Y los ministros de la Iglesia deben ser, ante todo, ministros de misericordia. Por ejemplo, el confesor corre siempre peligro de ser o demasiado rigorista o demasiado laxo. Ninguno de los dos es misericordioso, porque ninguno de los dos se hace de verdad cargo de la persona. El rigorista se lava las manos y lo remite a lo que está mandado. El laxo se lava las manos diciendo simplemente “esto no es pecado” o algo semejante. A las personas hay que acompañarlas, las heridas necesitan curación» (Entrevista de Antonio Spadaro al Papa Francisco, 19 de agosto de 2013).

Me parece muy interesante la declaración anterior porque señala dos extremos que hay que evitar: el rigorismo y el laxismo. Ya nos hemos referido al primero. También hay que tener en cuenta el segundo, pues se corre el peligro del buenismo o de la ingenuidad de tapar los pecados. Leyendo con atención al Papa Francisco no se puede falsear la doctrina en aras de la misericordia. Él mismo dice en su documento programático, la exhortación apostólica Evangelii gaudium (La alegría del Evangelio, 24 de noviembre de 2013):

«En este contexto se abre el justo espacio a la misericordia de Dios por el pecador que se convierte, y a la comprensión por la debilidad humana. Esta comprensión jamás significa comprometer y falsificar la medida del bien y del mal para adaptarla a las circunstancias. Mientras es humano que el hombre, habiendo pecado, reconozca su debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, de manera que se puede sentir justificado por sí mismo, incluso sin necesidad de recurrir a Dios y a su misericordia» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, n. 104).

¿Qué ha hecho el Papa Francisco?

Varias iniciativas de su pontificado han llamado la atención. Entre otras, fue muy provechoso el Año de la Misericordia (8 de diciembre de 2015 a 20 de noviembre de 2016). Recordemos ahora una historia de su vida sacerdotal, contada a Andrea Tornielli en un libro entrevista:

«En la época en que era rector del colegio Massimo de los jesuitas y párroco en Argentina, recuerdo a una madre que tenía niños pequeños y había sido abandonada por su marido. No tenía un trabajo fijo y tan sólo encontraba trabajos temporales algunos meses al año. Cuando no encontraba trabajo, para dar de comer a sus hijos era prostituta. Era humilde, frecuentaba la parroquia, intentábamos ayudarla a través de Cáritas. Recuerdo que un día —estábamos en la época de las fiestas navideñas— vino con sus hijos al colegio y preguntó por mí. Me llamaron y fui a recibirla. Había venido para darme las gracias. Yo creía que se trataba del paquete con los alimentos de Cáritas que le habíamos hecho llegar: “¿Lo ha recibido?”, le pregunté. Y ella contestó: “Sí, sí, también le agradezco eso. Pero he venido aquí para darle las gracias sobre todo porque usted no ha dejado de llamarme señora”. Son experiencias de las que uno aprende lo importante que es acoger con delicadeza a quien se tiene delante, no herir su dignidad. Para ella, el hecho de que el párroco, aun intuyendo la vida que llevaba en los meses en que no podía trabajar, la siguiese llamando “señora” era casi tan importante, o incluso más, que esa ayuda concreta que le dábamos» (El nombre de Dios es misericordia. Una conversación con Andrea Tornielli, Planeta, Barcelona 2016, pp. 72-73).

Basten estas referencias. Las citas y ejemplos del Evangelio, de los santos, de Francisco y de los papas anteriores serían innumerables para mostrar las exigencias inseparables de la misericordia y la doctrina. Una auténtica misericordia no prescinde de la verdad de la doctrina. Y la predicación de la doctrina debe ser respetuosa con la persona, buscando la manera más oportuna de enseñar y de corregir si es el caso. Siempre será necesario distinguir entre el pecado y el pecador, entre el error y la persona. Se rechaza el pecado, pero se ama profundamente a todo pecador.

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