Vivimos deseando ser felices pero ¿conseguimos serlo realmente?

Hagamos una breve reflexión sobre el siguiente consejo:

“Es muy lindo ver las fotos arregladas digitalmente, pero eso sólo sirve para las fotos, no podemos hacerle «photoshop» a los demás, a la realidad, ni a nosotros. Los filtros de colores y la alta definición sólo andan bien en los videos, pero nunca podemos aplicárselos a los amigos. Hay fotos que son muy lindas, pero están todas trucadas, y déjenme decirles que el corazón no se puede «photoshopear», porque ahí es donde se juega el amor verdadero, ahí se juega la felicidad y ahí mostrás lo que sos: ¿cómo es tu corazón?”

Estas palabras las dijo el Papa Francisco el pasado domingo 21 de enero de 2018 frente a miles de jóvenes reunidos para rezar el Angelus en la Plaza de Armas de la capital de Perú.  

Es un consejo muy gráfico que toca una tecla clave sobre la felicidad.

El corazón no se puede «Photoshopear»

Hablamos del corazón como una forma de decir para indicar que es como el centro de nuestros sentimientos, nuestra inteligencia y voluntad. Sólo tenemos un corazón, con sus bondades y flaquezas…y es con ese y no otro, con el cual podemos ser verdaderamente felices.

Por lo tanto, el punto de partida es reconocer lo que somos, sin engaños, sin «photoshopear» el corazón…y si notamos sinceramente que no somos felices, hay algo que sanar, por lo que habrá que poner los medios adecuados para hacer “click” con la felicidad.

¿Cómo ser feliz?

La respuesta a la felicidad la tenemos siempre al alcance: el Amor.

La alegría, el gozo, la felicidad resulta de los bienes que disfrutamos (materiales y espirituales) y entre todos estos bienes, el mayor es el Amor. El amor es darse continuamente y sin condiciones al amado…sin tasa de cambio, sin esperar de regreso el beneficio por aquello que damos.

Quizás, vivimos una falsa felicidad porque «photoshopeamos» el corazón y nos centramos en una búsqueda desenfrenadamente egoísta para recibir bienes y placeres que sabemos siempre se acaban, algunos duran más que otros pero siempre se acaban en esta vida.

Es bueno que pongamos los medios para obtener aquellos bienes que nos dan felicidad: trabajar para atender a la familia, para disfrutar unas vacaciones o salidas de entretenimiento, entre otros…Lo importante es discernir de qué estamos alimentando nuestro corazón ¿de egoísmo? o ¿de amor?

Definitivamente habrá que hacer un equilibrio, hay mucho de bueno en amarse a sí mismo pero nos hallaremos infelices al centramos plenamente en nosotros mismos y olvidar darse a los demás.  Hay un breve artículo titulado ¿cúal es el problema de ser egoista? que nos puede ayudar con ideas concretas sobre estos planteamientos.

Algo que podría ayudarnos a encaminar la felicidad es preguntarnos ¿dónde tengo puesto el corazón? ¿cuál es el orden que tengo en el amor? Identificamos una jerarquía que nos ayudará a ser felices: primero los demás (mi esposa/o, mi novia/o mis hijo/as, el resto de mi familia, amistades, colegas del trabajo…) y finalmente yo.  

Un paso más allá…el Amor verdadero, nuestra felicidad.

Nos damos cuenta por experiencia propia que el deseo de felicidad en esta vida es insaciable y más aún con todas las contradicciones que trae consigo la misma (enfermedades, quiebres económicos, problemas familiares o sociales, la muerte…). Aún así, nuestro deseo de felicidad busca trascender y la manera de lograrlo es a través del amor.

Para los creyentes, sabemos que Dios es Amor, que quiso dar su Amor a sus hijos de manera perfecta a través de Jesucristo. Sabemos por tanto que el amor humano es sólo un pequeño reflejo del Amor de Dios.

Dios se da continuamente (siempre es fiel) y sin condiciones a cada uno de nosotros. Recordamos así, el adagio popular que nos transmitió San Pablo “es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: la felicidad está más en dar que en recibir” (Hechos de los apóstoles 20, 35).

En definitiva, el mayor bien al que podemos aspirar es el Amor de Dios, amándonos los unos a los otros. Así nos lo recuerda San Juan en el capítulo cuarto de su primera carta:

Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados. Queridos míos, si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros.

Te invito a leer el discurso del Papa Francisco mencionado al comienzo. Deseando que nos ayude a identificarnos con estas palabras tan actuales que el Santo Padre quiso transmitir a todos los jóvenes.

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