Debo decir con mucha vergüenza que siendo una adolescente e incluso ya en la universidad, discutir sin pelear, por lo que frecuentemente mis discusiones terminaban en una campaña campal, ya fuera con mis papás, o con mis hermanos o incluso con mi novio que ahora es mi esposo. Lo cierto es que la experiencia y la gracia de Dios me han enseñado que lo hacía muy mal, ya que muchas veces ni lograba que comprendieran mi punto y más bien terminaba hiriendo a las personas que más amo quedando luego con malestar. No ha sido fácil aprender a discutir sin pelear, de hecho todavía sigo luchando con ello.

¿Es normal discutir?

Es importante tener claro que es natural y sano discutir. Si tenemos las disposiciones y actitudes correctas, la discusión nos permite ampliar nuestro conocimiento y enriquecernos. Los expertos dicen que hay dos tipos de conflicto: los que tienen solución y los que no, aunque la mayoría no la tengan, discutirlos ayuda porque se genera catarsis, (purificación). Por eso a veces cuando discutimos un punto, aunque no  logremos ponernos de acuerdo, se puede experimentar tranquilidad; pues digo lo que pienso o siento sobre sobre el tema.

¿Por qué discutimos?

Discutimos porque tenemos opiniones diversas sobre un mismo punto. En el matrimonio es importante tener claro que hombres y mujeres somos diversos, (ya les hablé sobre esto en otro artículo) por eso es natural que existan muchas diferencias o puntos de vistas sobre un mismo tema.  Estas diferencias pueden ser biológicas, psicológicas, entre otras. Cada uno ve las cosas de acuerdo a sus propias características de hombre o de mujer. Estas diferencias existen  y nos deben llevar a enriquecernos y no a enfrentarnos. Además también están nuestras creencias, nuestra historia personal, educación y nuestro temperamento, etc.

Hay muchas razones por las cuales discutir, desde tonterias, hasta cosas realmente importantes como: dónde vivir, qué trabajo tomar, entre otros. De hecho en el matrimonio, las discusiones más comunes son sobre la educación de los hijos, las finanzas, la intimidad, la familia de origen, los amigos, religión…

En mi caso, el tema más álgido y que en los últimos años seguramente ha sido el tema de muchos matrimonios y familias en mi país,  es el tema de la migración. Como deben suponer, el punto de vista de mi esposo y el mío eran diferentes, de lo contrario no habría discusión necesaria. Así que en medio de mis sentimientos y emociones dejaba que la pasión por defender mi punto sobrepasara los límites. ¡Ya imaginan cómo terminaban aquellas discusiones!

En algún momento de estos años me di cuenta que estas batallas campales, no nos llevarían a ningún lado más que a un mar de amargura y la trinchera por defender cada uno su punto, pero  hablando con Dios descubrí que habían tres planes.

Mi plan, el de mi esposo  y SU PLAN.

Creo que al darme cuenta que este era un tema espinoso, y que ya nos había dado muchos malos ratos, le pedí a Dios que me ayudara a creer que Él tenia un plan para nosotros, que ese plan es mejor que aquel que mi esposo o yo tuviéramos entre las manos y que quizás lo que yo quería no resultaría en ese final feliz que yo me imaginaba, pero que en SU PLAN sí. El plan de Dios siempre es mejor, porque es perfecto.

Esto me ayudó mucho a bajar las pasiones y a estar más atenta a los signos que Él iba poniendo a mi alrededor y preguntar siempre ¿qué quieres Tú para nosotros dos?, muéstranos el camino.

Para esto hay que desarrollar la primera y más importante de las actitudes para discutir: LA ESCUCHA. Seguramente me dirás que lo difícil es saber qué es lo que Dios quiere, y bueno probablemente sea así, no porque Él no lo tenga o no lo revele claramente, sino porque el ruido del mundo y nuestro ruido interior (anhelos, deseos, emociones) no nos dejan escuchar o ver claramente qué es lo que Él nos pide o quiere.

Escuchar al otro y escuchar a Dios es tan importante que una de las plegarias más relevantes del Judaísmo, que forma parte también de la liturgia cristiana y aparece en los evangelios de Marcos y Lucas, es el Shemá Israel, que dice:

“Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?».  Jesús respondió: «El primero es:  Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. Marcos 12, 28-30

Así que te invito a que te preguntes: ¿Cómo es mi escucha? ¿Escucho prestando atención a lo que él o ella están diciendo? ¿O escucho pensando en lo que voy a responder después?, ¿Interrumpo o permito que la otra persona exprese sus ideas completamente? ¿Fijo una postura inamovible antes de escuchar o realmente estás dispuesto  a comprender lo que hay en el interior de la otra persona?.

¿Cómo escuchar a Dios?

Así pues, me dispuse a revisar qué dice Dios sobre la migración. Qué podría encontrar en las Sagradas Escrituras que me permitan a mi y a Enner (mi esposo) tomar una decisión sin tener que pelear, y que sea lo más apegado al plan de Dios para nosotros.

Te cuento que descubrí muchas cosas, como recordar que Jesús desde el vientre de su Madre le tocó emigrar cuando sus padres tuvieron que huir a Egipto, también descubrí que Dios siempre le había dado a los padres o cabezas de hogar ese don de saber dirigir a sus familia, como Abraham, Moisés, Noé y José entre otros, así que comencé a pedirle que le diera a mi esposo la sabiduría para decidir qué era lo más conveniente para nuestra familia, y a mi la dulzura y la comprensión para apoyar y aconsejar de la manera adecuada cuando fuera necesario..  

También es necesario escuchar al otro, comprender su miedos, temores, preocupaciones y anhelos; a veces nos centramos tanto en nosotros mismos, que podemos perder esa conexión con el otro, para ello lo mejor es buscar el lugar y el momento oportuno, así como aprender a manejar los sentimientos y emociones evitando que estos nos controlen a nosotros.

En fin estas herramientas las puse en práctica y debo reconocer que me ayudaron, empezando por la escucha atenta de lo que mi esposo me decía, tratando de entender sus razones y buscando también lo que Dios quería: que nos entendiéramos mejor y que  enriqueciéramos nuestros puntos de vista, flexibilizando un poco las posturas individuales y aceptando nuevos retos para ambos, estableciendo criterios más sanos para la toma de decisiones.

Esta misma idea te puede servir a ti para tratar el tema que tengas en este momento de tu vida, de seguro será iluminador, de hecho en las Sagradas Escrituras, encontrarás un índice temático que puede ser muy útil para estos casos.

Además, recuerda que Dios también nos habla a través de su magisterio, que son aquellos documentos que el Papa y sus obispos entregan a los fieles para ayudarnos en el camino de la fe. Estos documentos también nos ayudan muchísimo a descubrir el plan de Dios para nosotros. Por ejemplo, si es sobre la fecundidad, podremos leer Humanae Vitae o Familiaris Consortio y así para muchos temas. Si tienes un tema de economía familiar y empresarial podrías leer los documentos de la doctrina social.

Otra forma de escuchar a Dios, que complementa las anteriores, es la de un consejero o director espiritual que ayuda a descubrir esos signos o que nos pueda recomendar ciertas lecturas para descubrir en nuestro interior la voz de Dios.

Resumen

Para resumir te diría que invites a Dios cuando vayan a discutir un tema importante (hagan una oración previa), escucha su palabra (qué dice Dios acerca de ese tema, en su Palabra  y a través del magisterio), escucha activamente al otro, pregúntate para descubrir más y sobre todo: ama..

Procura siempre el bien del otro, y te aseguro que independientemente de que llegues o no a un acuerdo definitivo obtendrás algún enriquecimiento.

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