Dios nunca está lejos de nosotros

¿Eres de los que no importa cuanto luches para lograr que Dios te escuche sientes que estás solo o que gritas al vacío? ¿o quizás eres de los que siente que para Dios no eres importante y pasa de largo en tu vida?

Muchas veces nos podemos sentir así, todos pasamos alguna vez por esos sentimientos pero aunque lo podamos sentir, esto no puede estar más lejos de la verdad. Creer que Dios no nos escucha o no se interesa por nosotros es no entender quién es Dios.

Hay una visión moderna de Dios que lo compara con un relojero. Dios crea el universo a la perfección para que este sea capaz de funcionar por sí solo y luego el universo, así como el reloj, ya no depende de Dios y este se aleja y deja que el mundo siga su rumbo. Es cierto que no hay una causa directa de Dios para cada movimiento en la naturaleza, no atribuimos directamente a Dios la subida de la marea ni los cambios de temporada, pero para que todo esto pueda ocurrir Dios debe mantener todas las cosas en la existencia. El universo y nosotros mismos solo existimos porque Dios nos participa su ser.

Aunque quisiéramos sacar a Dios totalmente de nuestras vidas no podríamos porque el amor de Dios nos mantiene en la existencia y al menos en eso seguimos estando unidos a Dios, por esto sabemos que Dios nunca está lejos de nosotros, somos gracias a que Él nos da el ser. Dios no es un simple relojero, Él se da a sí mismo, da lo que es a cada uno de nosotros y así se mantiene siempre a nuestro lado.

La presencia de la gracia

Luego está la presencia de la gracia de Dios, esa gracia que nos puede unir a Dios al punto que podamos decir como San Pablo:

“Ya no soy yo quien vive sino Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2:20).

A lo largo de la historia ha habido personajes que han dicho que la naturaleza humana es fundamentalmente mala y por eso el hombre continuamente cae en el pecado, en la avaricia, en la envidia, por eso las guerras y tantos males en el mundo. La Iglesia por otra parte nos ha enseñado que Dios nos creó por amor y para el amor. Nuestra naturaleza, nuestra psicología y nuestra biología están hechas para amar, amar a Dios y a nuestros hermanos, pero por culpa del pecado nuestra naturaleza es una naturaleza caída, es frágil y aunque quiere el bien no está segura donde encontrarlo ni tiene las fuerzas para lograrlo. Así también clama San Pablo: “no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero” (Rm 7, 19).

Nuestra naturaleza caída nos hace débiles, hace que sea difícil amar a los demás antes que amarnos a nosotros mismos, pero en el fondo nuestro corazón quiere, no solo recibir bien, sino darlo, necesitamos amar y cuando fallamos podemos decepcionarnos de nosotros mismos o podemos enojarnos porque sabemos que obramos en contra de nuestro propio ser pero nos cuesta aceptarlo.

Las dificultades son oportunidades y no obstáculos

En esta vida tenemos un don muy grande y hermoso que es la libertad. Gracias a este don podemos elegir qué queremos ser, quién queremos ser. Nuestra relación con Dios es una relación como la que tenemos con cualquier otra persona, la debemos trabajar, le debemos dedicar tiempo. A veces esta relación nos puede costar, cuando lo que Dios es y lo que su amor nos exige se nos hace difícil nos puede llevar incluso a rechazar a Dios, pero este don de la libertad permite que podamos amar de verdad, que podamos escoger a Dios y al prójimo, no porque es fácil o porque me gusta, sino porque quiero amar.

Es difícil hacer a Dios el centro de nuestra vida, pero Dios ha querido que cuando seamos las personas que estamos llamados a ser, cuando estemos unidos a Dios como Él quiere que lo estemos, nosotros tengamos mérito en esa relación, porque la luchamos, porque la sufrimos y porque la escogimos. Los animales son lo que son, y actúan según un instinto y dan gloria a Dios de esa forma, pero no pueden hacer ninguna otra cosa. En esta distinción está la grandeza del hombre, en que podemos amar porque podemos escoger a pesar de las dificultades, y mientras más duras sean las pruebas, mayor es la oportunidad que se nos da para amar.

El peor error que podemos cometer es dudar de nuestra capacidad de establecer esta relación íntima con Dios, ese es el peor obstáculo y la peor tentación, eso es desesperanza. ¿Has oído decir que la esperanza es lo último que se pierde? Pues siempre que pongamos esa esperanza en Dios vamos a tener la oportunidad de volver a Él, pero en el momento en que nos convenzamos de que no vamos a poder, de que Dios no nos va a aceptar, de que no somos dignos, es en ese momento en el que el demonio ha ganado la batalla.

Pero… ¿cómo acercarnos a Dios?

Dios ha recorrido el abismo infinito que nos separaba. Dios es todopoderoso y nosotros somos criaturas débiles, Dios es infinito y nosotros no podemos dejar de notar lo pequeños que somos, Dios es el bien y nosotros nos vemos caer repetidamente en el mal. Pero Él se ha hecho hombre, se ha hecho limitado y pequeño como nosotros y ha asumido todos nuestros pecados, se ha hecho hombre como nosotros y ha muerto por nuestros pecados. Como Dios, se ha rebajado, pero como representante de los hombres, nos ha enaltecido y nos ha redimido. Las puertas del cielo quedaron completamente abiertas cuando Cristo abrió sus brazos en la cruz.

Lo que nos toca a nosotros es decir sí a Cristo, un sí vivido y renovado cada día. Y cuando nuestras obras se conviertan en un no, no debemos rendirnos, sino acercarnos a Dios con nuestras miserias, pedirle perdón y levantarnos de nuevo. Dios siempre está en nuestras vidas, ya sea en gracia o esperando para dárnosla. Nunca dudemos de que Dios nos ama, nunca dudemos de que podemos regresar a sus brazos y nunca dudemos de que Dios está cerca esperando para volcar su amor sobre nosotros.

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