¿Por qué me pasa esto?… Si todo iba bien, ¿Dónde me equivoqué?… ¿Por qué Dios permite que suceda algo tan malo?

Muchos nos hemos hecho estas preguntas en algún punto de nuestras vidas. A veces, pareciera que por más que hagamos las cosas bien, nos sucede todo lo contrario a lo que esperábamos y/o pensábamos. Como si la vida, el destino, ¡o hasta Dios!, no estuviera de nuestro lado o “se hiciera la vista gorda” ante nuestras desgracias. Y por eso, en un acto sumamente injusto y egoísta, le echamos la culpa de todo y creemos que Él nos abandonó.

Ahora bien, lo que realmente ocurre -y solemos olvidar- es que Dios nos hizo libres; nos dio la capacidad de elegir entre el bien y el mal y, en ese sentido, somos dueños de nuestro destino. A propósito de ello, el Padre Jorge Obregón L.C, dice en su libro Ideas Sólidas para un Mundo Líquido:

“Mucha gente se molesta cuando algo malo sucede y se pregunta por qué Dios no interviene… pero me ha tocado mucho que algunos se quejan cuando de hecho sí interviene, o no creen que sea Dios el que lo ha hecho. Si no interviene, ¿por qué no interviene? Y si sí interviene -dicen algunos- seguro no es Dios: es casualidad”

Fíjate, qué curioso ¿no? Cómo, en realidad, los que nos hacemos la vista gorda ¡somos nosotros mismos! Pero, tranquilo, no eres el único que lo ha hecho. Acompáñame y te explico un poco más de qué va esto.

Los dos tipos de mal

Si bien es cierto que existen un sinfín de males en el mundo, estos se pueden clasificar -a grandes rasgos- en dos tipos: los cometidos por el hombre y los que suceden naturalmente. 

En el primer caso, Dios no puede intervenir. Él nos da libertad de elección y espera que actuemos conforme a nuestro buen criterio. Un buen ejemplo, puede ser el caso de un delincuente que es acusado ante un juez por un crimen que cometió. Durante el juicio, el juez lo interroga y se da cuenta que este individuo fue su compañero, años atrás, en la universidad. Al percatarse, le dicta sentencia al acusado, no sin antes comentarle dicha coincidencia. Y en ese momento, el ladrón rompe en llanto, conmocionado y arrepentido, y se da cuenta que su error torció su destino, considerablemente. En este caso, Dios sabe que nuestro camino no siempre será recto, que tendrá algunas curvas y que las distintas circunstancias por las que debamos atravesar, de una manera u otra, lo van a torcer. Lo cierto es, que Él permite estas desventuras, precisamente, para que aprendamos de ellas y nos demos cuenta que, aun en momentos adversos, somos capaces de sobreponernos y confiar en los dones que nos ha dado para salir adelante con mucha fe y convicción.

Ahora, ¿Qué pasa en el segundo caso? Pues, si pensamos en desastres naturales, como: terremotos, incendios, huracanes y demás, debemos saber que Dios -a pesar de ser todopoderoso- no está constantemente controlando estas cosas, sino que la naturaleza tiene sus propias reglas y sigue su propio camino. En este sentido, al ser Dios omnipresente, está en todos lados y permite que las fuerzas de la naturaleza funcionen, según las leyes que Él dispuso sobre todo lo que existe.

Después del invierno, vienen flores

Sí, lo sé, probablemente en tu país no hay invierno. No te preocupes, en el mío tampoco. Pero, no me refiero a la estación del año per se, sino al trasfondo de esa frase. Verás, muchas veces creemos que, de lo malo, no se puede obtener nada bueno o que el mal solo trae consigo cosas peores. Y con esto no quiero decir que el invierno sea malo; al contrario, es una época maravillosa que, ciertamente, tiene su encanto. Lo que quiero que veas, es que todo aquello que a veces puede lucir como algo negativo, a la postre tiene su lado positivo. Siguiendo el ejemplo, los árboles en invierno lucen moribundos, sus ramas se estiran como brazos desnudos e, incluso, están cubiertos de nieve; por lo que no podemos apreciar su majestuosidad. No obstante, con la llegada de la primavera, las flores hacen su aparición y adornan los árboles con su belleza.

Vemos pues, cómo todo tiene su razón de ser y por eso, debemos hacer el intento por ver un poco más allá de lo que tenemos frente a nosotros. En ocasiones, tenemos que atravesar momentos difíciles para aprender de ellos y crecer como personas. Incluso, podemos ver estas situaciones como oportunidades para afianzar y fortalecer nuestra fe; porque cuando una puerta se cierra, se abren ventanas.

Dios, como bien sabes, es experto haciendo planes ¡y tiene uno muy especial para ti! En este sentido, ha diseñado un camino, lleno de altos y bajos, para recorrerlo a tu lado porque, así como tú, Él quiere que llegues al Cielo, sin escalas.

Por eso, te invito a confiar ciegamente en Sus designios. Atrévete a caminar de Su mano con la certeza de que no te dejará caer. Sé protagonista de tu propia historia y recuerda: Dios escribe derecho sobre líneas torcidas.

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