¡Oh Timoteo!, guarda el depósito a ti confiado, evitando las vanidades impías y las contradicciones de la falsa ciencia, que algunos profesan extraviándose de la fe” 1 Tim 6, 20-21. 

Con estas palabras cierra San Pablo su primera carta a Timoteo. Es de aquí de donde toma la Iglesia el nombre de lo que constituye la totalidad de la Revelación: la sagrada Tradición y la sagrada Escritura.

La Tradición Apostólica

Dios dispuso que todo lo que había revelado se mantuviese íntegro y se transmitiera, sin ser diluido, de generación en generación. De lo contrario, las generaciones venideras solo habrían recibido las migajas de Su mensaje. Por eso Cristo mandó a sus Apóstoles a que predicaran el Evangelio a todos los hombres. Esto se puede ver en Marcos 16, 15-18 y en Mateo 28, 19-20. 

Esta labor fue realizada fielmente por cada uno de ellos, quienes predicaron oralmente y otros que, inspirados por el Espíritu Santo, escribieron los evangelios. 

Pero los Apóstoles no iban a estar presentes siempre. Por tanto, designaron a los obispos, sucesores suyos entregándoles su “propio cargo del Magisterio”. La Tradición es la transmisión continua de las enseñanzas y la doctrina de los Apóstoles por medio de la Iglesia, de generación en generación.

Por esto, “la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia” (DEI VERBUM, 1965). Un espejo con el que contemplamos a Dios desde la Tierra.

La Tradición y la sagrada Escritura se nutren mutuamente y están íntimamente unidas porque tienen la misma fuente y tienen el mismo fin. Pero el depósito de la fe se encuentra incompleto si faltara la una o la otra, es por eso que las palabras de Lutero: sola scriptura (refiriéndose a que solo la Biblia basta) genera tanto ruido, pues “muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro” (Jn 20, 30). También nos recuerda San Pablo en su carta a los Tesalonicenses que: “Por lo tanto, hermanos, manténganse firmes y guarden fielmente las tradiciones que les enseñamos de palabra o por carta”, 2 Tes 2, 15.

La interpretación del depósito de la fe

El depósito de la fe fue encargado por los apóstoles a la totalidad de la Iglesia. “Todo el pueblo santo, unido a sus pastores, persevera constantemente en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones, de modo que se cree una particular concordia entre pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida” (DEI VERBUM, 1965). Sin embargo, el oficio de interpretar la palabra de Dios, sea oral o escrita, le ha sido encomendado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, es decir al Papa y a los obispos en comunión con él. 

Esto no quiere decir que el Magisterio está por encima de la Palabra de Dios, sino todo lo contrario. El Magisterio está para servirla “pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído” (DEI VERBUM, 1965).

Nuestra misión como laicos, en este sentido, es recordar las palabras de Jesucristo: “El que a vosotros escucha a mí me escucha” (Lc 10,16). A veces puede ser difícil entender, aceptar o seguir algunas de las indicaciones de la Iglesia, pero debemos ser dóciles a estas enseñanzas y directrices sabiendo que es el Espíritu Santo que va guiando a su Iglesia.

Los dogmas de fe

Mediante la tradición y el estudio del depósito de la fe, mediante la comprensión de las verdades divinas que crece con la reiterada lectura y mediante la autoridad que tiene el Magisterio, se proponen verdades contenidas dentro de la Revelación que iluminan el camino de nuestra fe y lo hacen seguro.

Por tanto, algo es dogma cuando ha sido revelado por Dios y la Iglesia así lo ha declarado, sea por Magisterio ordinario o por declaración solemne. Estas no son puestas como de forma arbitraria por la Iglesia, “no son muros para nuestra inteligencia. Son ventanas a la luz de la verdad” (Loring, 2012).

Para terminar

Creados a imagen y semejanza de Dios estamos llamados a conocer, amar y servir a Dios. En ese orden, pues para servirlo antes tenemos que amarlo y, para amarlo, antes tenemos que conocerlo. El conocimiento de Dios proviene de la Revelación que Él nos da de sí mismo. Ya que esta Revelación ha sido contenida en el depósito de la fe nuestro primer objetivo está en crecer en el conocimiento de la sagrada Tradición y de la sagrada Escritura.

Cuánto más hondo logremos llegar en el estudio de las verdades de fe, mayor será nuestro conocimiento de Dios.  

¿Ya conoces nuestra sección de Ask? Si tienes dudas sobre la fe, envíanos tu pregunta a través de este botón.

Survey


¿Qué tan seguido rezas el Rosario?

Francisco Says

¿El Papa de las redes?

¿Quieres estar al día con todo lo que el Papa Francisco dice y publica a través de sus redes? ¡Síguelo […]

Privacy Preference Center