Se vive en una sociedad saturada por el ruido, siempre hay algún distractor. Es común ver gente caminar con audífonos puestos, con la mirada perdida, evitando a toda costa el contacto con el otro. Desde que comienza el día se prende algún aparato electrónico, camino a la escuela o al trabajo el ruido es ensordecedor, todo el día se está expuesto, no existe un momento de silencio. Incluso hay quienes para poder dormir necesitan oír música.

El ruido ha ido ganando terreno en nuestro día a día, hasta apoderarse de uno mismo, somos esclavos del ajetreo cotidiano. ¡Cuán difícil es poder mantener un momento de silencio! Da la impresión que el hombre moderno no sabe tener momentos de reflexión, de recogimiento, de escucha así mismo.

¿Por qué no se puede escuchar el silencio?

Son varios los factores que propician una sordera interior. Sin lugar a dudas influye nuestro contexto donde impera la cultura de la superficialidad y bombardeo de información. Basta abrir el teléfono celular e ingresar a alguna aplicación para que al instante veamos un sin fin de información, fotos, vídeos, noticias, bromas, etc. Nuestra atención queda sumergida en múltiples posibilidades que disminuyen nuestra capacidad de concentración. Observa como en reuniones con tus amigos o familia basta un momento de distracción o de silencio para que alguien o todos saquen su celular o comience el eterno movimiento con el pulgar.

Antigua es la frase, ¿a qué hora te conectas? Los teléfonos inteligentes actualmente dan la posibilidad de tener una vida online siempre. El uso inadecuado de estos medios provoca que se dé paso al mundo del puro espectáculo y la poca capacidad de reflexión. Se está dispuesto a convertir en confesionarios electrónicos las redes sociales.

El Papa Pablo VI comentó: “Nosotros, hombres modernos, estamos demasiados extrovertidos, vivimos fuera de nuestra casa, e incluso hemos perdido la llave para volver a entrar en ella” El Papa se refiere naturalmente a que vivimos fuera de nosotros mismos, ¿dónde estamos realmente? ¿Por qué no queremos entrar y ver qué hay dentro?

¿Dónde vives?

En las Sagradas Escrituras, la casa tiene diversas acepciones. Dios tiene una casa, recordemos el evangelio según San Juan, Jesús menciona que en la casa de su Padre hay muchas mansiones y que Él irá a preparar el lugar para que podamos estar con Él. Nosotros mismos somos una casa, antes de comulgar se recuerdan las palabras que dijo el soldado romano a Cristo, “Señor, no soy digno de que entres a mi casa…”

Una casa no se construye en poco tiempo, es necesario muchos años de inversión, una casa no se termina nunca de decorar. La limpieza y orden son fundamentales para que sea agradable morar en ella. Cuando la casa está recogida pareciera que hay más espacio, sin embargo el hombre moderno se ha obsesionado en saturar hasta el más mínimo rincón de esta casa con lo que sea.

¿Cómo regresar a casa?

El silencio es un camino que dará pie a una transformación paulatina de nuestra casa. Hablar del silencio es en sí mismo una contradicción, puedo afirmar que el silencio es una auténtica rebeldía para el mundo en el que vivimos. Quien decide poner pausa y detenerse es realmente alguien digno de admirar. Es necesario poder mirar atrás y saber qué camino se ha recorrido.

Este camino puede resultar largo y hasta tedioso. Cuando podríamos tener un momento de silencio y recogimiento se puede caer en la tentación de querer llenarlo de música, con un libro… La paciencia es clave para poder emprender este camino, y este se logra con la práctica, no se puede pedir que llegue por arte de magia, se trabaja para poder conseguirlo.

El silencio tiene la capacidad de ser curativo. Atrévete a dejarte fascinar por el silencio, solamente tú eres responsable de construirlo. Es normal sentir miedo, saber que puedes escucharte, y escuchar la voz de Dios es un reto de valientes.

Cuánta alegría da saber que al llegar a casa alguien nos está esperando con gozo. Aquí cito textualmente a un fraile dominico que dice:

Y es que nos olvidamos que volver a casa es volver al calor, a los brazos de los que nos aman y queremos. Volver a casa, a nuestro corazón es volver a los brazos del que nos ama.”

Es fundamental que podamos tener la capacidad de generar espacios y momentos de silencio, que se puedan ir convirtiendo en contemplación y también por qué no, en oración. Estos espacios de recogimiento darán quietud a nuestro espíritu aturdido por el ruido cotidiano, nuestra casa volverá a tener calor de hogar.

Claro está, que estos momentos de silencio y de escucha, no pretenden que vivamos en una burbuja. Cuando se vive saturado de ruido la persona vive ensimismada; cuando se vive y se aprende del silencio, uno vive dispuesto para el encuentro con el otro. Es decir, una vida orientada por el silencio obliga a la acción.

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