“Iba yo mendigando de puerta en puerta por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo lejos como un sueño magnífico. Yo me pregunté maravillado quién sería aquel rey de reyes. Mis ilusiones volaron hasta el cielo y pensé que mis días malos se habían acabado. Tu generosidad me sacaría de la pobreza…


La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. De pronto, tú extendiste tu mano diciéndome: 

¿Puedes darme alguna cosa?

Yo me quedé pasmado. ¡Qué ocurrencia, pedirle a un mendigo! Estaba confuso y no sabía qué hacer. Al fin saqué despacio de mi saco un granito de trigo y te lo di. ¡Qué sorpresa la mía, cuando al vaciar por la tarde mi saco encontré un grano de oro entre la miseria del montón!… ¡Qué amargamente lloré por no haber tenido corazón para dárteme del todo!”

Rabindranath Tagore

¿Qué nos dice Jesús?

En eso del amor y la entrega a los demás, Jesús nos puso la vara bien alta: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. La verdad es que tú y yo somos felices cuando cumplimos las metas que nos hemos trazado. En el plano profesional, por ejemplo, cuando cumplimos las metas que la empresa nos ha planteado – cuando damos la talla – somos muy felices. Porque valió la pena el esfuerzo y cumplimos la misión que nos fue encomendada, en definitiva, nos sentimos útiles.

¿Para qué fuimos creados?

Tú y yo, fuimos creados para amar, para servir a los demás, ¿te acuerdas de aquel… “si alguno quiere ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos (Mc. 9, 35)…”? Fuimos contratados para amar hasta que duela, por eso cuando amamos a las personas que Dios ha puesto a nuestro alrededor, somos felices. Estamos hechos para amar, y cuanto más amemos, más felices seremos, punto.

Antonio Pérez Villahoz, autor que recomiendo ampliamente, expresa el punto de una manera muy sencilla:

“A nadie le cae bien un egoísta, nadie quiere estar cerca de él… Es así. ¡Y qué bien se está al lado de personas generosas, de aquellos que saben servir un vaso de agua, que eligen lo peor para ellos, que hablan sin altanería, que sonríen cuando no apetece, que parece de verdad que les interesa todo lo que les contamos, que están ahí cuando los necesitamos y que curiosamente, les gusta hablar y hacer justo aquello que nos gusta a nosotros…!”

No creo que haya alguien que no esté de acuerdo con esta cita, esto de amar a los demás es tan fácil de entender y al mismo tiempo tan difícil de llevar a la práctica. Es una paradoja, muy parecida y relacionada con aquella que nos enseñó Jesús:

“… Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará (Mt 16. 25)…”

Creo que con esto nos vamos a acercando al punto clave. Volvamos con Pérez Villahoz:

“En esa forma tuya de tratar a los demás, te juegas el acercarlos a Dios o el alejarlos de Él”.

No se trata de ser el empleado del mes, no se trata de sentirse bien, no se trata de que los demás sepan o digan que soy pana (sinónimo de simpático en Venezuela), detrás de eso está mi propia “satisfacción”. De lo que se trata es de amar de verdad a las personas. A los que amo, le doy lo mejor de mí, y déjame que te pregunte, ¿Hay algo en tu vida más grande o mejor que Dios?

Para hacerlos mejores, hay que hacerlos felices

Salvador Canals en su obra Ascética Meditada, nos ayuda a ver el punto desde otra perspectiva:

“Antes de querer hacer santos a todos aquellos a quienes amamos, es necesario que le hagamos felices, pues nada prepara mejor el alma para la gracia como la alegría”.

A todos nos gusta ese cartel que algunos restaurantes han colgado en sus paredes “no tenemos wifi, hablen entre ustedes”. Además de que me gusta mucho, me sirve para cerrar la idea con un ejemplo sencillo. El wifi es un problema cuando estoy con otros, porque me distrae del que tengo enfrente, y aunque le diga “tranquilo, aunque estoy viendo el teléfono te estoy oyendo” no lo estoy oyendo. Lo mismo pasa con el egoísmo, es el wifi que nos distrae de los demás. Y aunque le decimos a nuestros amigos, “tu eres mi amigo”, estamos distraídos por el egoísmo (por lo que me provoca, por lo que me fastidia, por mis proyectos, por mis penas, por mis alegrías…) y no lo estoy queriendo de verdad, no lo estoy acercando a Dios. Ese es el problema del egoísmo.

 

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