¿Quién iba a pensarlo? Un objeto de dimensiones microscópicas, invisible a ojo nudo, ha sido el tema principal durante las últimas semanas en las primeras páginas de los periódicos del mundo, en los telediarios, en el foro público, político, social y económico.

Un objeto microscópico está debilitando la economía mundial, incluso ha llevado ya a la quiebra a la aerolínea inglesa Flybe.
Un objeto microscópico se ha convertido en ocasión de pánico y psicosis social. ¿Quién iba a pensarlo? ¿Quién iba a pensar que en una civilización que se considera tan avanzada a nivel científico y técnico se vería fuerte amenazada por un objeto microscópico?

Yo vivo en Roma, y estoy acostumbrado a ver la ciudad llena de turistas; los hoteles, restaurantes y museos siempre llenos, pero un objeto microscópico cuyo nombre científico es COVID-19, mejor conocido como coronavirus, está dejando la ciudad vacía. Se respira temor en el ambiente. En las farmacias ya no hay mascarillas o geles antibacteriales, están agotados. Se han cerrado escuelas, universidades, cines, teatros y otros espacios públicos por al menos 15 días. Estos hechos me hacen pensar en las grandes pestes de la Edad Media, ¿pero en el siglo XXI?

Quizá es un buen momento para pararnos y reflexionar. ¿Quién es el hombre? ¿De dónde viene y a dónde va? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿No estamos tal vez siguiendo el camino incorrecto? ¿Sobre qué bases estamos fundando nuestra vida personal, social, política, económica y religiosa? Pues un virus, un objeto microscópico, nos está revelando que quizá no estamos tan avanzados como creemos, que quizá nuestras instituciones y valores sobre los que estamos poniendo nuestras seguridades no son sólidas; un virus nos está enseñando que somos muy pequeños, que el hombre no se basta a sí mismo, que la vida es muy frágil; un virus nos está enseñando que la vida no está en nuestras manos, y que de un momento a otro se nos puede ir como agua entre las manos. ¿Quién iba a pensarlo? Un objeto microscópico amenazando la humanidad entera.

La actual emergencia sanitaria a nivel mundial, más que al pánico, nos debe llevar a la reflexión personal y tomar conciencia de que debemos abrirnos a Dios y convertirnos a Él, pues solamente Él puede dar la seguridad que necesitamos. Ni el dinero, ni las mascarillas, ni los geles antibacteriales nos proporcionarán la seguridad y las bases firmes que todo ser humano necesita para vivir, sino únicamente la confianza en la Providencia de Dios.

¿Por qué tenemos que esperar a que una pandemia venga a recordarnos que ningún sistema político y económico puede salvar al hombre? ¿Por qué tenemos que esperar a que un virus nos recuerde lo que somos en verdad, hombres frágiles que no tenemos la vida en nuestras manos? ¿Por qué tenemos que esperar a que el Coronavirus nos enseñe de dónde venimos y hacia dónde vamos?
Ojalá seamos capaces de sobreponernos al pánico y a la psicosis creada por los medios y logremos reflexionar un poco para convertir nuestro corazón a lo que es verdaderamente esencial para nuestra vida y que puede asegurarla verdaderamente, este es el verdadero camino cuaresmal de conversión al cual Dios nos invita.

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