Mucho se habla hoy de la amistad. Desde tus múltiples “pseudoamigos” de Facebook o Instagram hasta tu innumerable lista de contactos de WhatsApp a veces algo extraña. En el fondo, cada persona desea amigos de verdad y sabe que, como dice Hellen Keller: “Preferiría caminar con un amigo en la oscuridad que sola en la luz”. También los cristianos nos hemos habituado a decir que somos “amigos de Dios” pero,  ¿realmente lo somos?

Está claro que, Dios, haciéndose hombre, quiso dar el primer paso.  Pensando en ti, descendió del cielo, tomó un cuerpo, te habló, sonrió y lloró como tú. Quiso tener una Madre, caminó por esta tierra, se entregó por tus pecados derramando hasta la última gota de su sangre en un acto de “locura de amor” y, por si fuera poco, llegando hasta el extremo, se quedó en un trozo de pan para que pudieras mirarle a los ojos en cualquier capilla.

Él mismo dijo: “Ya no os llamo siervos, os llamo amigos” (Jn 15, 15) y añadió: “Nadie tiene mayor amor que aquél que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13).  Y, por si tuvieras dudas en tus días de soledad, te hizo una promesa: “Yo estaré con vosotros, todos los días hasta el final del mundo” (Mt 28,20)

Entonces, ¿es Dios tu amigo?  Negarlo sería una locura, sería cerrarle la puerta al mejor Amigo, a Aquel que, como se suele decir, es el “Amigo que nunca falla”. Pero aún hay más. Aunque le cerraras la puerta como Judas y lo entregaras por treinta monedas, Él no podría dejar de amarte e, igual que aquel Jueves Santo, te lavaría y besaría los pies con cariño como a Judas para después mirarte a los ojos y llamarte de corazón “amigo” en el huerto de los Olivos.

Sí, la amistad de Cristo es una locura, rompe todos nuestros esquemas. Y ante tan apabullantes muestras de amistad por parte de Dios, quizá hoy puedas preguntarte: ¿y yo? ¿soy amigo de Dios?

Un amigo es el que está presente en los momentos principales de la vida del otro. También Jesucristo tiene una vida con momentos especiales. Una vida que quiere compartir con sus amigos.

En Navidad Jesucristo cumple años y espera tu felicitación, espera tu compañía y, quizá, algún regalo. Después, Jesucristo pronuncia sus discursos, te da consejos, habla para ti. ¿Conseguirá llamar tu atención? ¿Te robará algún like? ¿Te atreverás a compartir en público alguna de sus palabras?

Dicen que los amigos verdaderos se comprueban en las dificultades y cabe preguntarse ¿Acompaño yo a mi “Amigo” cuando es tentado en el desierto de la Cuaresma? ¿Dónde estoy yo cuando Él está triste y angustiado el Jueves Santo? Sería algo atrevido dejarle solo, sabiendo que esa cruz que lo doblega, es tu cruz. ¿Qué amigo dejaría solo a otro mientras muere? Y peor aún: ¿quién se atrevería a asistir a la fiesta de Pascua si no le ha acompañado en al camino de la cruz?

Si algo diferencia al cristianismo de otras religiones es esa cercanía de Dios. Un Dios que no es solo una figura histórica del pasado, una ecuación matemática, una idea abstracta o una energía impersonal. Un Dios que “se hace como tú” para que tú puedas “ser como Él”.

El Dios cristiano es un “Dios amigo”, pero ¿Yo, cristiano, soy amigo de Dios? Quizá esta Cuaresma, Semana Santa y Pascua, Jesucristo esté llamando de nuevo a las puertas de tu corazón para recordarte que es tu amigo y que todo, aunque no te des cuenta, lo hace por ti, porque su historia es también tu historia. Quizá respetando tu libertad te espere silencioso en muchos sagrarios. Quizá no quiera más que un abrazo, una mirada o una simple sonrisa para recordarte, no sólo que Él es tu Amigo, sino que, también tú puedes ser amigo de Dios.

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