El Amazonas ha sido recientemente el centro de atención en el mundo. Los medios de comunicación muestran imágenes de hectáreas y hectáreas devastadas, animales calcinados y llamas que siguen devorando la selva. Estos hechos coinciden además con el próximo Sínodo de los Obispos dedicado precisamente al Amazonas que se reunirá el mes de octubre en el Vaticano para discutir una gran variedad de temas concernientes a esta zona geográfica tan importante para nuestro planeta: desde la defensa del ecosistema contra los explotadores forestales, hasta la atención pastoral de sus habitantes. 

El problema es serio. Gran parte del porcentaje de oxígeno que respiramos es producido allí, además de ser el hogar de miles de especies vegetales y animales únicas en el mundo, y cómo no mencionar también los numerosos grupos indígenas que lo habitan. Es justo volver la mirada hacia ellos, apuntar los problemas e implementar acciones para solucionarlos. A todos nos concierne.  

Más allá de la visión catastrofista, y no pocas veces ideologizada de la prensa y de la opinión pública que presentan el problema como si fuese el fin del mundo, es necesario lanzar una mirada más objetiva al problema e iluminarlo a la luz de la fe, en resumen, una mirada cristiana. 

¿Qué  podemos decir, cristianamente, de lo que está ocurriendo en el Amazonas? ¿qué podemos hacer como cristianos al respecto? 

Los primeros dos capítulos del libro del Génesis son una descripción bellísima de la creación del mundo y de la vida,  cuyo culmen es la creación de la vida humana, y vio Dios que todo era muy bueno (cfr. Gen 1,31). Al hombre Dios encomendó la creación “para que la labrase y cuidase” (Gen 2,15). 

 En un inicio, la relación del hombre con la creación estaba regida por un sentido de comunión que tomaba “en consideración el bien de las creaturas individuales” (San Juan Pablo II, Una meditación sobre el don de donarse), comunión que se ha visto dañada después de la caída en el pecado.  

“La creación es buena para el hombre en cuanto el hombre sea “bueno” con las creaturas que lo rodean: los animales, las plantas, así como la creación inanimada. Si el hombre es bueno para con ellas, si se refrena de causarles daño innecesario o de explotarlas irreflexivamente, entonces la creación forma un medio ambiente natural para el hombre. Las creaturas se convierten en sus amigas” (San Juan Pablo II, Una meditación sobre el don de donarse). 

Desgraciadamente, esta relación armónica entre el hombre y las creaturas se ha visto a lo largo de la historia herida por intereses personales, económicos y políticos. Las creaturas ya no son respetadas en su individualidad y se convierten en objetos de explotación desenfrenada. Incluso la misma dignidad de la persona humana ha sido degradada convirtiéndola en un mero objeto, en una mercancía. 

El Papa Francisco, y con él la Iglesia entera, propone la recuperación de una auténtica ecología cristiana basada en el respeto a la naturaleza porque esta es la casa común creada por Dios y encomendada a nosotros para cuidarla, no para explotarla en favor de intereses humanos. Esta ecología cristiana que se propone ahora no debe confundirse con el ecologismo muchas veces asociado a corrientes ideológicas, políticas y antropológicas contrarias a la propuesta cristiana y que desgraciadamente dominan ahora la opinión popular.  

En lugar de caer, repito, en una actitud catastrofista, o de convertirse en un militante “verde”, es mejor por empezar a sanar, primero nosotros mismos, nuestra relación con la naturaleza que nos ha sido dada por Dios como un don no para poseerla sino para cuidarla. 

Dicho esto, ¿qué podemos hacer como cristianos para contribuir al cuidado del medio ambiente? En primer lugar debemos comenzar por nosotros mismos, recordando que la naturaleza no es un objeto que podemos usar egoístamente, sino verla más bien como un don que nos ha sido encomendado. Esta actitud con respecto a la naturaleza nos llevará a acciones concretas y sencillas para protegerla, como depositar la basura en el lugar indicado, reducir el uso de plásticos, evitar poner en riesgo los parques y bosques desechando materiales inflamables, educando a quienes están a mi alrededor. Quizá el impacto de nuestras acciones individuales parecerá tener poca incidencia, pero el cambio comienza precisamente allí, cuando poco a poco más y más personas se van sumando a la gran e importante tarea de cuidar la casa común que nos ha sido dada por Dios.

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