En mi experiencia como orientador de adolescentes he encontrado que un tema recurrente en la juventud de hoy es el aburrimiento. Y si algo nos ha confirmado la pandemia, es que este aburrimiento no solo viene dado por asuntos que podrían considerarse de poco interés (una clase tediosa, etc), sino que también todo aquello agradable, desde jugar play hasta ver maratones de Netflix, se termina convirtiendo en algo aburrido.

Por un lado, esta enfermedad, dice Bernanos en su libro Diario de un cura rural es como el polvo que el hombre moderno trata de sacudirse con mucha actividad; pero éste se convierte en algo recurrente y la actividad lo termina cansando.

Y, por otro lado, sucede lo que Goethe pone a decir trágicamente al desgraciado joven Werther: “Si me preguntas cómo es la gente en este país, te diré: “como la de todas partes”. La raza humana es harta uniforme. La inmensa mayoría emplea casi todo su tiempo en trabajar para vivir, y la poca libertad que les queda les asusta tanto que hacen cuánto pueden por perderla”

Hoy el trabajo, la diversión, y la comodidad, en sus diversas formas, suelen convertirse en medios para intentar acabar con esta especie de enfermedad. Pero, para atacarla efectivamente, debemos ir a la raíz pues sino sucede lo mismo que nos cuenta El Principito sobre los baobab, que pueden crecer hasta adueñarse de todo un planeta.

El Principito, Antoine de Saint Exupéry

Un posible remedio

Los jóvenes de hoy se aburren, me dicen decenas de madres, porque están desmotivados. Y no les falta razón. “Ya no quieren hacer tareas, ya no quieren jugar play” porque, efectivamente, no tienen motivos para hacerlo.

La motivación se ha entendido como algo puramente emotivo, como pura palabra de aliento, pero en lo más profundo la motivación consiste principalmente en proyección. Se trata de razones, de propósitos, que colocan al alumno a perseguir algo que está fuera de él.

La intencionalidad, que desarrolla Viktor Frankl magistralmente en toda su obra, nos da la clave para activar en estos jóvenes la capacidad natural que tienen de reconocer algo valioso en su realidad (por su conciencia) y de lanzarse a perseguirlo (por su libertad y su responsabilidad).

Los jóvenes modernos, diría Frankl, nos miramos demasiado el ombligo. Tenemos horas y horas de tiempo libre, pero, atontados por la comodidad y el placer, no sabemos qué hacer con él. Nuestra vida se convierte en tiempo muerto que nos lleva directo al aburrimiento y, a algunos, a la frustración o al vacío existencial (Frankl).

Ya Aristóteles decía que una vida sin metas es la vida de un necio. Y en la modernidad podríamos decir que una vida sin metas es la vida de un hombre aburrido.

La lucha contra esta enfermedad comenzará en cada uno cuando dejemos de mirarnos tanto el ombligo y cuando agudizemos la conciencia para reconocer algo valioso por lo que valga la pena vivir o que, humanamente hablando es lo mismo: por lo que valga la pena luchar.

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