El problema del aborto provocado y de su legalización es un tema candente que parece ser, en casi todos lados, motivo de discusiones apasionadas. Estos debates serían menos graves sino se tratase de una vida humana, poco o nada habría para discutir si se tratase de un aborto espontáneo donde el bebé ya ha fallecido en el vientre materno.

Pero la pregunta inicial es muy sencilla, independiente de la posición que tengas en este momento, ¿puede, en alguna medida, un católico apoyar el aborto? Vamos a responder esta pregunta desde un punto de vista puramente jurídico y luego avanzar a una pequeña reflexión.

La Iglesia Católica Latina se encuentra regulada por un conjunto de normas jurídicas que se encuentran codificadas y ordenadas en el Código de Derecho Canónico (CIC por su nombre en latín). Estas leyes, meramente eclesiásticas, “obligan a los bautizados en la Iglesia católica y a quienes han sido recibidos en ella, siempre que tengan uso de razón suficiente y, si el derecho no dispone expresamente otra cosa, hayan cumplido siete años.”

La norma 1398 establece:  “quien procura el aborto, si este se produce, incurre en excomunión latae sententiae. Esto no afecta solamente a la madre y al médico, sino a toda persona que sin su ayuda no se hubiera realizado este delito.

La excomunión es la pena más grande que la Iglesia puede infligir. Pero es una pena que busca ser medicinal más que vengativa pues las puertas siempre siguen abiertas, siempre y cuando haya arrepentimiento. Hemos de recordar que el bautizo es un sacramento indeleble. Por tanto, con la excomunión, la persona pierde el privilegio de recibir la Eucaristía, pero aún sigue siendo parte de la Iglesia. Latae sententiae quiere decir, simplemente, que la pena ya ha sido impuesta. 

Por tanto, si un católico está regido por las normas del Código de Derecho Canónico, y este aplica la máxima sentencia posible a una persona que aborta, entonces un católico no puede apoyar el aborto.

A la luz del catecismo

Desde el siglo I, la Iglesia se ha mantenido firme en su postura frente al aborto como un acto sumamente grave contra la ley moral. Las palabras de Jeremías 1, 5 resuenan: “Antes de formarte en el vientre de tu madre, te conocía, y antes de que nacieses te tenía consagrado”. 

Piénsalo durante un segundo, ¿qué sucedería con la constitución de la sociedad civil y su legislación si se niega el derecho inalienable a la vida de un ser humano inocente? La Tierra se convertiría en un sitio terrible para vivir, cargado de injusticia y viviríamos paralizados por el temor de ser asesinados injustamente por crímenes que no hemos cometido. Esta es la situación de millones de bebés alrededor del mundo.

Los derechos humanos no pueden estar subordinados a un individuo ni a sus padres. Pertenecen a la naturaleza humana y son inherentes en la persona. “Es ya un hombre aquel que está en camino de serlo” (Tertuliano, Apologeticum) y es ya una mujer aquella que está en camino de serlo. Simplemente se encuentran en un estado de vulnerabilidad mayor, como es el caso de niños y niñas, personas con discapacidades o adultos mayores. 

El católico, en su esencia, se opone a la eugenesia. Por tanto, justificar la muerte de un bebé porque viene con una malformación o una enfermedad grave es terriblemente discriminatorio. “Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho” (Donum Vitae 3).

Desde la razón y la ciencia debe alarmarnos que haya posturas tan distantes entre científicos. Es innegable que existe vida en el vientre materno; que un corazón late; que sangre fluye; que un ser crece y se fortalece; que hay movimiento, que, desde cierta fecha, hay actividad cerebral y conexiones neuronales; que los genes de este ser son humanos; en fin. Aun si toda esta evidencia no fuese suficiente para justificar que ahí hay vida, es absolutamente irreprochable que al menos genera un porcentaje de duda. Digamos que hubiese un 1% de probabilidad de que un bebé en el vientre materno sea realmente humano, no podríamos apoyar el aborto ni aun estando 99% seguros. Del mismo modo que no demoleríamos una escuela infantil sin habernos asegurado en un 100% que no queda ningún niño dentro, o no enterraríamos a un bebé recién nacido que ha fallecido sin asegurarnos que ya no tiene signos vitales. 

Ojalá pudiera una bebé desde el vientre materno escribir un diario. Una pequeña Anne Frank que nos hable del aborto desde su punto de vista.  Nos tomarían menos de 5 minutos de lectura para entender el error tan grande que es el aborto. “Lo que está hecho no se puede deshacer, pero uno puede prevenir que suceda nuevamente”(Anne Frank. 7th May 1944). 

Reflexión

La vida humana es preciosa y, como católicos, estamos llamados a protegerla. Aún si consideráramos el riesgo de una madre, la inconveniencia de un hijo, sobre todo si este viene con alguna grave enfermedad; debemos entender y proclamar que ninguna de estas razones puede jamás dar objetivamente derecho para disponer de la vida de los demás. Ni siquiera en sus comienzos. La vida es un bien demasiado fundamental para ponerlo en balanza con otros inconvenientes, incluso más grave.

 

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