¿Conoces a Aristóteles? Estoy seguro que alguna vez lo has oído nombrar. Pues, este gran filósofo definía al ser humano como un zoon politikón, es decir como un animal político. Animal hace referencia al hecho de que tú y yo estamos animados, tenemos un ánima (alma) que nos da unidad, identidad y es el principio de nuestro actuar. Si esto suena muy raro o confuso, ¡tranquilo! Poco a poco irá quedando más claro.

De manera muy general se puede decir que todas las cosas tienen una «forma»: una piedra, un árbol, un león… tú y yo, tenemos una forma particular. Esa forma determina qué es cada cosa y, lo que es más interesante, cómo actúa. Ya te imaginarás que una piedra sólo actúa si otro la mueve. Pero cuando consideramos a las plantas y animales la cosa se vuelve increíble: dentro de ellos, por así decirlo, hay una fuerza que les permite actuar por sí mismos, cada uno dentro de sus posibilidades.

¿Qué tipo de forma tenemos los hombres?

Diremos que nuestra forma es un alma racional, que involucra el cuerpo y las facultades intelectuales, entre otras cosas. Pero esa forma, tu alma, define quién eres, y sobre todo, cómo puedes actuar. Así como la forma del árbol le permite crecer, dar fruto y reverdecer; así tu forma te permite crecer, desarrollarte y relacionarte con los demás. Tus actos tienen un valor inmenso, infinito, porque se asemejan a los actos de Dios mismo. Fuiste creado a su imagen y semejanza, recuérdalo. Es decir que nuestros actos pueden ser semejantes a los de Dios, porque podemos elegir, amar, servir, y, hasta cierto punto, crear.

Parte de tu constitución más profunda implica una relación muy estrecha con quienes te rodean. Nadie vino solo al mundo, y nadie puede desarrollarse plenamente en solitario. Todos necesitamos de la ayuda de los demás.

Hasta aquí las cosas pueden parecer simples, el problema se nos presenta cuando pensamos que hay personas a nuestro alrededor que nos necesitan a nosotros. Yo también participo en el desarrollo integral de los demás.

Pero el animal político del que hablaba Aristóteles es sólo el comienzo, y queda mucho por hacer para alcanzar el ideal cristiano. Todo aquel que ha hecho la experiencia de Cristo, que sabe quién es, y lo que ha hecho por la humanidad, qué espera de cada uno, no puede cruzarse de brazos y disfrutar de su comodidad en total indiferencia a las necesidades de los demás.

¿Qué te define?

Tu forma te define, ¿recuerdas? Eres un ser social, pero además eres un ser cristiano. Un animal cristiano… Tu fe debe dar forma a quién eres, debe darle forma a tus acciones. Esto se ha dicho muchas veces, pero es importante que con tus actos se note que eres cristiano, porque si no se nota que somos cristianos, no estamos viviendo al máximo nuestra vocación. ¿Cómo sabes que alguien es músico, un buen músico? Lo sabes porque toca algún instrumento, sabe cómo funciona y comparte su talento con quienes lo rodean. De igual manera, ¿cómo sabes que alguien es cristiano? Se sabe porque conoce a Cristo, sabe qué es lo que Él enseña y comparte su experiencia de Él.

Nuestra fe no nos deshumaniza, ni nos quita la realidad temporal y material, sino que la transforma. Al creer en Cristo y recibir su gracia no dejaremos de ser animales, pero nos  convertimos en animales cristianos, que transforman su mundo para Dios.

Nuestra fue, pues, no va en contra de nuestra naturaleza, al contrario, la eleva y la embellece. No dejamos de ser humanos con las preocupaciones diarias: tenemos que seguir comiendo, estudiando para los exámenes, y trabajando para sacar adelante nuestras vidas, pero ya no somos simplemente animales políticos, unos junto a otros, como los lobos que viven en manadas. Sino que tenemos una muy clara consciencia de que estamos llamados a ir mucho más allá de las cosas materiales y temporales: nuestro destino es el cielo.

Y sabemos por la fe que no podemos llegar al cielo solos; hay que llegar habiendo ayudado a los demás. En una ocasión los doctores de la ley se acercaron a Jesús para ponerle una prueba sobre los mandamientos y cómo merecer la vida eterna; Jesús les preguntó qué es lo que leían en la ley, y ellos contestaron que la ley establecía que debían amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, y a su prójimo como a uno mismo. Jesús les dijo que era precisamente eso lo que tenían que hacer para vivir; así, Cristo, evidenció un poco la mala intención de sus interlocutores. Ellos, para justificarse un poco, le responden: «sí, sí, pero, ¿quién es mi prójimo?» Entonces Jesús contesta con una hermosísima, y ahora famosísima historia, la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37).

Al final del relato, después de haber contado que sólo el samaritano, que no tenía por qué ayudar a aquél hombre debido a las diferencias políticas del momento, le había proporcionado auxilio, Jesús pregunta: «¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Ellos sólo pudieron responder: «el que tuvo misericordia de él.»

Aquí encontramos una excelente pista de cómo nuestra fe nos va transformando. Es decir, nos va dando una nueva forma. Independientemente de las barreras políticas, económicas o culturales, estamos llamados a “trans-formarnos”, es decir, a adquirir una manera más auténtica de amar, que vaya de acuerdo con el ideal cristiano, aunque eso signifique salir de nuestra zona de seguridad.

La gracia de Dios nos transforma, pero eso no implica que olvidemos al mundo al que pertenecemos: seguimos siendo animales, pero somos animales cristianos.

Francisco Says

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