¿Ya leíste el artículo sobre la virginidad de María? Si no lo has hecho, aquí te dejamos el link.  Quisiera que juntos exploremos lo que dice la Biblia y la Iglesia Católica acerca de la Inmaculada Concepción, es decir, el estado de pureza pleno que experimentó la Virgen María en su paso por esta tierra. ¿Sabes lo que significa?

Al principio cuando a mí me explicaron que la Madre de Cristo no había tenía pecado original me sentí verdaderamente molesta. Porque en clases de catecismo me decían que por ser hijos de Adán y Eva habíamos llegado al mundo con “inclinación al pecado” (cf CIC no 418). ¡Qué injusticia! Si la Virgen no había sido afectada por el pecado original, entonces ella ya tenía la vida resuelta, no había necesidad de combatir su humanidad, era como si contara con un súper-poder para evitar el pecado.   

Luego bajé un poco la guardia y traté de comprender cómo habría sido su experiencia, porque aunque vivió en Nazaret hace miles de años, eso no significaba que sus vecinos, familiares, suegros o amigos no fueran igual de pecadores que yo. Entonces María tenía que esquivar constantemente el mal, soportando chismes, críticas, palabras de odio y envidias sin realmente entender cómo o de dónde podía salir tanto mal desde dentro de las personas porque ella no tenía a nadie con quien compartir una vida de pureza.

¿Te imaginas una vida así? En donde el mal no reine…

Después de haber reflexionado en el camino difícil que Dios había dado a la Virgen, comprendí que más que “sentirse especial”, ella sabía que algo la hacía diferente a todos, reconocía su sensibilidad al mal pero a la vez era incapaz de comprender cómo se sentía eso de querer hacer algo malo. Realmente la Madre de Jesús la pasó mal casi toda su vida, disculpando a los demás ante Dios y tratando día a día de mantenerse limpia del pecado que inevitablemente la rodeaba.

Pero, ¿cómo fundamentar que ella estaba limpia de pecado? Para entender la importancia de su pureza, los invito a revisar 2 puntos:

Construcción de un lugar dedicado a Dios

 

“Harás un arca de madera, […] La revestirás de oro puro, por dentro y por fuera […]  Construirás también varales de madera de acacia que revestirás de oro y los pasarás por los anillos de los costados del arca para transportarla […] y meterás dentro del arca el testimonio que yo te daré […] te comunicaré todo lo que haya de ordenarte para los israelitas.” (Ex 25,10 – 22)

Esta descripción del Antiguo Testamento sobre la construcción del Arca de la Alianza nos deja claro cómo debía ser el lugar donde se guardaran las Tablas de la Ley, una copa o vasija con un trozo del maná (el pan que Dios mandó del cielo cuando el pueblo viajaba de Egipto a la tierra prometida) y la vara de Aarón. Estas 3 cosas representaban el pacto que Dios mismo había hecho con el pueblo elegido y de cierta forma expresaban las palabras del Creador, daban “testimonio” de su voluntad.

¿Esto qué tiene que ver con la Virgen? Pues imaginen que si Dios pidió que le hicieran una caja de la mejor madera, cubierta de oro, que nadie podía tocar, sólo para cargar ahí unos trozos de piedra donde Él había escrito los 10 mandamientos, ¿qué se necesitaría entonces para sostener el Verbo hecho carne? La respuesta, un vientre impecable, el de una mujer santa y llena de gracia.

Así cobra sentido eso que decimos en las letanías después del rosario: llamando a María el Arca de la Alianza. Su cuerpo fue por 9 meses el refugio del Verbo hecho Carne. Dios ya no daría testimonio a través de objetos o profetas, sería su propio Hijo quien revelaría el mensaje de amor a la tierra.

Relación Adán – Jesús

“Por un hombre entró el pecado al mundo, […] En efecto, así como por la desobediencia de un hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, todos serán constituidos justos.”  (Rm 5,12 -19)

Si como dice San Pablo Jesús es la nueva figura de Adán, sucede igual con María. Antes Eva era considerada la “madre de los vivientes”, ahora será la Virgen a quien llamamos madre, pues a través de ella nace el hombre que nos salvará de la muerte. Era necesario que la naturaleza de Eva, dirigida por el pecado, se evitara para la Salvación.

Entonces digamos que lo que sucedió fue que Cristo redimió a María antes de su concepción, porque era lógico y necesario que la mujer que daría a luz al Mesías fuera librada de esa condición caída para poder ser digna morada del Hijo de Dios. ¿Cómo pasó eso? Sucedió como dice en el evangelio de Lucas (1,37) cuando se anuncia a María su maternidad: “porque no hay nada imposible para Dios.”

Finalmente comparto con ustedes el Dogma oficial proclamado por el Papa Pio IX en diciembre de 1856: “Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente en previsión de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del genero humano, preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, por tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles.”

Espero que si, como yo, antes tenían un poco de resentimiento por saber que María estaba libre de pecado, hoy hayan sentido un poco más de empatía al saber que durante toda su vida le tocaron momentos extremadamente difíciles, de prueba, dolor, soledad y renuncia. Les recuerdo la invitación que tienen para comentar y preguntar al final del texto. Gracias por leer y sigamos caminando juntos por los caminos de la fe.

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