¿Qué le preguntarías tú a Jesús si te lo consiguieses en medio de tu día a día? Si tuvieses la oportunidad de tener una conversación con Jesús, ¿qué le preguntarías? Imagina que llegas después de un largo día a tu casa, cansado del trabajo, entras a la cocina y está Jesús allí, sentado en la mesa y te invita a un café.

Si has leído mi primer artículo (¿Cuál es tu plan?) estamos entonces de acuerdo en que debemos tener un plan concreto para poder empezar a tener amistad con Dios. Empecemos juntos a agregar ingredientes al plan.

¿Cómo empiezan las grandes amistades? Las grandes amistades nacen con grandes conversaciones. En las que cada uno se muestra como es, se intercambian puntos de vista, se forjan acuerdos -en definitiva- fortalecen lo que los une. No solo eso, también se brindan apoyo. Todos tenemos la experiencia y no dudamos en suscribir ese famoso proverbio sueco “Una alegría compartida se transforma en doble alegría; una pena compartida, en media pena”. Y es que, además, la vida es un tesoro tan grande que queremos compartirlo con las personas que nos quieren y están a nuestro alrededor.

Creo que estamos todos muy conscientes de la necesidad y la importancia de la amistad, no hay que seguir argumentando a favor. Al mismo tiempo estamos conscientes que a los amigos hay que tratarlos, escribirles, estar ahí, para apoyar; las relaciones personales hay que mantenerlas en movimiento, de lo contrario, irán camino de extinguirse. En otras palabras, el cariño que le tengo a una persona debo actualizarlo todos los días con un mensaje, un café, una conversación, un detalle…

Si estamos tan de acuerdo en que necesitamos a nuestros amigos, con nombre y apellido, y además tenemos que mantener y hacer crecer la amistad, ¿cómo no vamos a fomentar y mantener -en nuestra vida- la amistad con Jesús?

“Y estaba allí en el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?”  (Juan 4, 6-9)

Volvamos a nuestro caso hipotético, si te topases en la cocina o en tu oficina o en tu cuarto con Jesús, ¿tendrías la suficiente soltura como para tratarlo con naturalidad con la misma confidencia que con tus mejores amigos?

La oración, es un medio muy concreto para conversar y dialogar con Jesús. De la oración podemos decir muchas cosas, hay libros enteros escritos sobre la oración. Sin embargo, mi único objetivo en este artículo es hacerte caer en cuenta de que la amistad con Jesús nos cambia la vida y la oración es el medio más cercano y accesible a través del cual crecemos en esa amistad, apoyándonos en Él, compartiendo nuestras alegrías y penas con Él. San Agustín tiene una definición extraordinaria: “la oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre”.

Cuando pienso en ser amigos de Jesús, pienso en esta canción de Hakuna Group Music que descubrí recientemente, todos deberíamos poder escribir una canción parecida con Jesús:

Me quedo con la primera estrofa: “Lo que necesita la vida para ser muy bella / Es un pobre loco que te quiera y que no te deje ir / Qué maravilla que me hayas elegido / Como un borracho enamorado tras de mí”.

Antonio Pérez Villahoz, en su libro “A Dios le importas”, hablando sobre la oración en su primer capítulo, utiliza un ejemplo gráfico muy bueno: “Hay un cuadro de un pintor que no creo que conozcas -yo al menos no lo conocía- y que se llama Holman Hunt. En una de sus obras aparece Jesucristo con una linterna llamando a una puerta. Sus contemporáneos le criticaron que no hubiera puesto un picaporte para abrirla. Su respuesta fue: “Claro que no. El picaporte está dentro. Sólo nosotros podemos abrirla”.

Aquí te dejo el cuadro para que puedas verlo:

¿Qué tengo que hacer para hacerme amigo de Jesús? Lo mismo que con tus amigos, abre esa puerta que tanto te cuesta. Ábrele la puerta de la oración -la conversación- a Jesús. Mete este primer ingrediente en tu plan de vida de una manera concreta. ¡Asume el reto! Todos los días en la mañana, o en la noche o en el algún momento especial del día, entra a un lugar a solas y sin ruidos (mejor si es una iglesia o una capilla) y háblale en voz baja (y escúchale) durante diez o quince minutos todos los días, empieza la conversación con Jesús, háblale de ti, de lo que te gusta, lo que te cuesta, dale gracias, pídele perdón, empieza la conversación de tu vida. Si no te sale nada, apóyate en un libro, el evangelio por ejemplo, o cualquier otro que te mueva la piedad. El siempre escucha y responde, a través de tus emociones, de personas, del evangelio… Me atrevo a decir que ya te ha respondido sin que le hayas preguntado. Abre esa puerta que solo tú puedes abrir y hazte amigo del hombre más perfecto que ha pasado por la tierra.

 

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