Hace algunos años escuché al Padre Juan Solana, quien trabaja en el Notre Dame Center en Jerusalén, compartir su testimonio tras varios años de vivir en Tierra Santa. Alguien le preguntó si conocer los lugares santos le ha hecho más fácil su experiencia de oración y apostolado. Su respuesta me sorprendió; dijo que sí, que conocer la ubicación espacial de los pasajes evangélicos de alguna manera ayudaba a imaginarse mejor cómo había sido el ministerio y misterio de Jesús de Nazaret, pero que su fuente principal de oración seguía siendo el Evangelio. Es una noticia alentadora para quienes no tenemos la gracia de haber visitado Tierra Santa, porque a veces nos ilusionamos pensando que ‘si tan sólo pudiéramos estar ahí, tal vez podríamos ser más santos’. ¡No! Nuestra llamada a la santidad sigue en pie y vigente porque seguimos teniendo acceso a la persona de Jesús en el Evangelio y en quienes nos rodean.

Pero yo iría un poco más lejos y me atrevería a decir que tu llamada a la santidad sigue muy viva porque Jesús sigue también muy vivo y activo en tu vida. ¿Cómo actúa Cristo hoy en nuestras vidas? Encontrar la respuesta a esa pregunta es una tarea personal. Creo que sería equivocado pensar que la gracia de Dios actúa más en unos que en otros. Dios está presente en cada uno, todos los días, siempre. Ésta es 1) una verdad de fe, y también 2) una necesidad metafísica:

1. Es una verdad de fe:

Porque sabemos que Él es bueno y que está en nosotros por la gracia del bautismo.

2. Es también una verdad metafísica:

Porque si nuestra causa fundamental dejara de actuar un solo momento… desapareceríamos. Como cuando se oculta la fuente del calor, el Sol por ejemplo, las cosas pierden la temperatura, así tú y yo perderíamos nuestra existencia si por un instante Dios se ocultara.

Si Cristo está presente en nuestra vida, ¿por qué no podemos verlo con claridad? Esto no ocurre porque Dios no esté, es más bien porque Él está en todo. Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo y filósofo del siglo XIII, comparaba la presencia de Dios con la presencia de la luz. Es gracias a la luz que vemos las cosas, pero no podemos ver la luz directamente, no la reconocemos fácilmente: vemos los colores, las figuras, los cuerpos, pero no vemos la luz. Pero al final todo lo vemos gracias a la luz. Y así nos ocurre con Dios, no podemos verlo, no porque no esté lo suficiente, sino porque es la causa de todo, todo, lo demás.

¿Y entonces qué tenemos que hacer para ver a Dios?

Yo creo que sería muy bueno que creáramos espacios en nuestra vida y en nuestro corazón para una contemplación sencilla y en paz de lo que él ha hecho en nuestra vida, es decir, con la oración humilde y constante. Reconocer a Dios implica hablar su lenguaje, y eso se logra con la práctica, de la misma manera que aprendemos a hablar un nuevo idioma. Mientras más lo practiques mejor vas a comprenderlo y a hablarlo. Date el tiempo de hablar con Dios; al principio te parecerá confuso y sólo lograrás comprender algunas palabras, pero poco a poco serás capaz de entender con más facilidad.

¡Cuántas veces nos cuesta entender lo que ocurre en nuestras vidas! Si sólo dialogamos con Dios en los momentos de confusión nos costará mucho encontrarle un sentido a nuestras vidas. Imagínate, es como si conversaras con tu mamá o tu papá sólo cuando estás muy molesto con ellos, y no les compartieras tus momentos alegres. De esa manera sería muy difícil lograr una verdadera y profunda relación de amor. Pues lo mismo ocurre con Dios. Sólo si propiciamos en nuestro corazón un encuentro real con Él seremos capaces de reconocer su presencia diaria en nuestras vidas.

Te presento algunas cosas sencillas que puedes hacer para generar espacios de encuentro con Dios en tu vida:

1. Comienza el día con un pensamiento hacia Dios.

Puede ser una simple acción de gracias por el nuevo día que comienza, o una petición de luz para tomar la decisión correcta en un momento importante de tu día. Es fácil que al despertar lo primero que se te ocurre es mirar tu celular: “¿Algún whatsapp o notificación?” Primero lo primero, eleva el pensamiento.

2. Revisa tu brújula.

Si fueras viajando en barco sería muy bueno revisar frecuentemente tu orientación, porque extraviarte podría poner en riesgo tu viaje, y tu vida. En la vida espiritual ocurre más o menos lo mismo, vamos en un viaje, y es necesario que verifiquemos nuestra ruta con frecuencia para saber si vamos bien. Por eso es útil hacer un balance (o pequeño examen de conciencia) al medio día y antes de dormir, para saber si hemos sido dóciles a las inspiraciones de Dios: ¿he sido un buen cristiano con los demás? ¿busqué amar a Dios en todas las cosas?

3. Acércate a los sacramentos.

Podemos hacer muchos esfuerzos por nuestra parte, pero “Si el Señor no construye la casa en vano se cansan los que la construyen” A nosotros nos corresponde disponer nuestro corazón, pero es el Señor el que va realizando la santificación de nuestras almas.

¿Y qué haces tú para encontrarte con Dios en tu día a día? Cuéntamelo en los comentarios.

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