La Santísima Trinidad es el misterio más grande, y hermoso, de nuestra fe. Pues de todos es principio y fin. Ten eso en cuenta al momento de leer este artículo, pues lo único que lograremos hacer será dar una rápida mirada a este insondable misterio.

Todo cristiano, sin importar la Iglesia a la que pertenezca (católico, protestante, anglicano, ortodoxo, etc.), cree en la Santísima Trinidad. Este es el núcleo fundamental, lo que nos une como cristianos alrededor del mundo y de la historia. Después hay algunas otras cosas que también compartimos unos con otros, pero creer en la Santísima Trinidad es “requisito” fundamental para ser cristiano.

Antes de comenzar, me gustaría que te imagines que un niño de tres años se te acerca para que le expliques en qué consisten las diferentes teorías cuánticas de campos axiomáticos. Aún si supieras en qué consisten estas teorías, tendrías mucho trabajo intentando explicárselo a un niño pequeño. Y, aun así, la diferencia que hay entre la inteligencia de un niño de tres años y la mente más brillante del mundo no es nada en comparación a la brecha que existe entre esta y la verdadera naturaleza de Dios. La mente humana tiene un límite para lo que puede comprender.

¿Cómo es eso de que son tres?

El cristianismo es una religión monoteísta pues es un solo Dios, en el que existen tres Personas Divinas. Nos enseña el catecismo que son tres personas –Padre, Hijo y Espíritu Santo- pero una sola naturaleza.

Esto es difícil de comprender, porque, para nosotros, naturaleza y persona son lo mismo. Si tú y yo estamos hablando en una habitación, somos dos personas y dos naturalezas. Si uno de los dos saliera de la habitación, quedaría una sola persona y una sola naturaleza.

Pero entonces ¿cómo podemos saber que en realidad son tres personas y no una sola? La humanidad jamás habría descubierto esto si no se nos hubiese sido revelado de lo alto. Es decir, si Jesús no nos hubiese presentado al Padre y al Espíritu Santo como dos personas distintas a Él mismo, seguiríamos pensando que solo existe una persona.

La Iglesia nos explica que Dios es único, pero no solitario. Las tres Personas son realmente distintas, no son simples nombres. Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: “El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede”. Es un poco complejo de entender, pero si te pones en el papel de Dios Padre y ves a Jesús, ves a su Hijo. Y si estás en el papel de Jesús, ves a su Padre. Pero el Padre está completamente en el Hijo, y el Hijo completamente en el Padre, y el Espíritu Santo en ambos y ambos en el Espíritu Santo. La unidad no se quiebra porque sean personas distintas.

Todo lo creado y obrado es obra común de la Santísima Trinidad, pero cada uno “aporta” según su propiedad personal. Por eso se acostumbra a atribuir las obras de poder al Padre, el creador, el motor, la sede del infinito poder que Dios posee; de sabiduría al Hijo, fue Él quien vino al mundo para darnos a conocer la verdad y redimirnos; y de amor al Espíritu Santo, la santificación de las almas. Pero los tres participan en todo. Imagina que son tres trabajos en grupo donde están las mismas tres personas, sin embargo, el primer trabajo lo dirigió uno, luego otro y finalmente el tercero.

¿Cuál fue primero?

El Credo nos enseña que el Espíritu Santo surge del amor entre el Padre y el Hijo. Similar al amor entre un esposo y una esposa de donde surge un bebé. Sin embargo, esto no quiere decir que fueron primero el Padre y el Hijo y luego el Espíritu Santo. Los tres son eternos y perfectos y no se encuentran subordinados el uno al otro.

Para nosotros que estamos acostumbrados a que todo tenga un comienzo y un fin, es difícil pensar en un Dios al que el tiempo no le afecta. Por eso tendemos a pensar cuál fue primero, o que hubo antes de Dios.

Conclusión

Si tras leer este artículo sientes que tu comprensión de la Santísima Trinidad no ha cambio en lo más mínimo. Si sientes que es un tema muy difícil de entender, que parece ir en contra de todo lo que nos han enseñado. No te preocupes, si cuando nos miramos a nosotros mismos no somos capaces de comprendernos completamente (por eso a veces nos sorprenden cosas que dicen nuestros conocidos sobre nosotros mismos) mucho menos vamos a poder comprender a Dios. De lo contrario, no sería Dios.

Recuerda, la Santísima Trinidad es el misterio más grande de nuestra fe. No debemos frustrarnos por no comprenderlo; sería como tratar de beber toda el agua del mar, o leer todos los libros del mundo, y aún estos se quedarían cortos pues son finitos.

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